19 September 2006

Solares Baldíos

Mi mamá dice que estábamos dormidos. Pero aún ahora que ese instante se distancia, Edgar y yo recordamos esa mañana: reíamos y brincábamos sobre la cama de mis padres al amanecer del jueves. Sobre nosotros, el foco que da luz al cuarto de noche se mueve de un lado a otro. Y Edgar y yo comenzamos a gritar “¡Mamá, papá, lo estamos moviendo, lo estamos moviendo!” Brinco mientras giro en círculos descompuestos en una ruta que mi hermano sigue y pierde en el juego que comparte conmigo. Tres, cuatro y una vuelta más en ese tiempo enterrado en los años. Y busco a mi mamá en mi risa sólo para encontrarla en los brazos de papá mientras el horror los congela bajo el marco de la puerta. Nos miraban con la boca abierta. Nosotros nomás riendo regalados del vaivén del foco que impulsaban nuestros saltos. Creo que fue mamá la que al final pudo llenar de voz su espanto y chilló “¡Está temblando, hijos!” Pero Edgar y yo sólo nos ocupábamos de brincar y reír hasta que mamá y papá corrieron a abrazarnos y nos llevaron con ellos.

No sé si esa noche o la siguiente fuimos a casa de la Tía Lucha que vivía en Xola. Según me acuerdo, Avenida de Tlalpan estaba cerrada y dimos muchas vueltas para llegar con la Tía. Allá con ella nomás fue el susto y algunas macetas y ventanas reventadas. Aunque no lejos de ahí la muerte anduvo llevándose viejos y también muchachada zurcida a los escombros del sismo. Al final dicen que fueron diez mil o más que se fueron sin querer. Pero con la Tía Lucha nomás se reventaron las ventanas y una que otra maceta. Creo que también se cayó un candil. La luz se fue un buen rato. Y todos ahí estaban muy asustados.

Camino de regreso. Nuestra casa en Naucalpan se acerca a bordo del Mustang rojo 81, mejor conocido entre nosotros como “La Chatarra”. Paramos frente a una casa verde con marcos y remates blancos. Mamá guardó silencio y Edgar y yo la mirábamos primero extrañados y luego inquietos porque dejaba de cantar con nosotros. A algunas casas se les cayeron los cristales que se encajaban en la calle detrás de la huída de la gente que lloraba y aullaba llena de espanto. Al cabo de un rato reiniciamos el paso en aquel laberinto de solares baldíos alrededor de la destrucción y los muertos. Yo sólo pensaba que eso era demasiada alteración.

Esas son mis únicas imágenes del temblor del 85 en Ciudad de México. Después mi memoria da un salto hasta el mundial del 86, cuando Paraguay estaba jugando contra no sé quién y quedaron quién sabe cuanto a cuanto. Aquella mañana la vivo más por los refris y televisores que se vinieron abajo con todo y edificios y personas que los ocupaban. El 19 de septiembre se me hace más presente por lo que cuentan las personas y por lo que se discute y muestra en los medios cada que se acerca el aniversario. Claro que crecer en el Defe hace que uno se acuerde de eso más seguido. “Que tembló en la mañana”, y “Que dónde te agarró el temblor” y “Que cómo están en tú casa...” Y “Que en la mía bien, gracias” y “Qué si supiste lo de las costureras...” También se habla de los niños del temblor, chavitos que sobrevivieron días enteros bajo las piedras de lo que fue el viejo Hospital Juárez. Creo que casi nadie habla de los perros europeos que trajeron para que encontraran personas y cuerpos y que acabaron desaparecidos

Otros recuerditos que nos trajo el temblor son los rituales creados para “prevenir la catástrofe”. En mis tiempos de primaria y secundaria se acostumbraban los simulacros sísmicos dos o tres veces antes de las vacaciones de navidad y otras dos o tres antes de que se acabara el año escolar, en contraste a los simulacros educativos que eran cosa de todos los días. En esos “ejercicios de prevención” se hacía de todo menos evacuar los edificios con rapidez. Alguna amiga mía quedó embarazada después de un simulacro; cosa curiosa, porque después su embarazo quedó en mero simulacro gracias a un doctor que guardó toda reserva en cuanto al caso por unos cuantos miles de pesos y por eso de lo que después se pudiera pensar. Otros se brincaban la barda para irse de pinta a Chapultepec o alguno de los malls en las zonas burguesas de la ciudad. Y algunos cuantos más bajaban solamente a comprar tortas a la cooperativa y sentarse en las bancas a platicar y fumar marihuana camuflageados en los arbustos. El asunto era matar clase de acuerdo con las necesidades de cada uno, y poco importaba la seguridad. A veces creo que todo era así porque la alarma que sonaba para el simulacro era la misma que la que tocaban para el recreo, o al menos así era en las escuelas en las que estuve. Pero no es cierto. La cosa siguió igual aún cuando se “institucionalizó” la ALERTA SÍSMICA. Pero no, creo que todo empeoró cuando la instalaron. Y eso que en todos lados hacían un gran borlote por lo que “esta gran herramienta” representaba. Los anuncios salían en todos lados y creo que hasta cierta porción de la gente quería que volviera a temblar en “las costas de Guerrero o Oaxaca” para que sonaran los tonos hipnóticos de la ALERTA SÍSMICA.

En clase de inglés o de historia, o a lo mejor era de español, me sentaba justo en la primera fila, tercera columna, treceavo o vigésimo quinto asiento según el orden alfabético de cada maestro, pero siempre estaba en mero enfrente. Creía que era un mareo al principio. Mi cuaderno comenzó a moverse. Volteé al pizarrón y vi que toda la pared se ondulaba como rufles de cemento y de volada volteé a la ventana nomás para ver cómo la bolsa de valores se hacía como servilleta enfrente de un ventilador. Mi ágil capacidad deductiva me dijo que eso distaba mucho de ser un mareo ordinario. Me paré de mi asiento y salí corriendo del salón gritando “¡Está temblando!” En el pasillo me topé con otros que compartían mi capacidad sensorial y todos corrimos a las escaleras que nos jugaban la pesada broma de brincar cada que queríamos pisarlas, mientras la dichosa alerta sísmica guardaba su timbre para mejor ocasión. Los demás pronto nos siguieron. Dos pisos después, el patio se empezó a poblar con todos nosotros.

27 August 2006

El Cuerpo de Julián

Damiana se quedó sin dinero mucho antes de que Julián muriera. Aún ahora no es muy claro cómo ella sorteó todos los problemas que se vinieron luego del fallecimiento de Julián. Ni siquiera es algo que yo me pueda explicar a pesar de que estuve muy cercano a Damiana todo el tiempo que Julián se pasó en el hospital. Además se debe tomar en cuenta lo que luego pasó y lo que aún ahora sigue pasando. Damiana no la tuvo fácil. Pero desde aquel entonces ya todo estaba muy raro. Damiana iba y venía y ya todos los de la banda sabíamos más o menos qué pedo. Entre nosotros era comentario común y hasta alguien mencionó darle una lana y hacerle el paro. Así que varios de los que visitábamos al moribundo y a su llorona comenzamos a ofrecer ayuda “en lo que se ofreciera”. Yo sé muy bien que nadie puso siquiera una lanita para alivianar a Damiana. Muchos no se volvieron a parar en el sanatorio después de eso y mucho menos contestaban a las llamadas que ella hacía cada que conseguía una tarjeta para hablar “rapidito” a cualquiera de aquellos ofrecidos. Pero conmigo pasó otra cosa. Yo no podía faltarle a Damiana.

Cuando en la procesión de ofrecidos me tocó decirle que yo estaba para lo que ella necesitara me tomó del brazo, me jaló a un rincón del cuarto y me dijo en voz queda, “Luego voy a necesitar que me des un aventón”. Yo nada más asentí con la cabeza aunque no entendí bien lo que me estaba pidiendo y me quedé callado. Ella también. Yo porque aún estaba descifrando lo que Damiana me decía y ella porque parecía estar formulando el cierre de su petición mientras veía a Julián respirar por los tubos que le salían de la boca. “Yo te aviso cuándo”, dijo Damiana, luego de esos segundos tan largos.

A Julián nos lo entregaron un viernes después de las 10 de la mañana envuelto en una sábana. Yo pensaba que para sacar a un muerto del hospital hacía falta algún tipo de permiso, pero, que yo me acuerde, no nos hicieron mucho borlote y hasta nos dieron el pésame muy solemnemente. Damiana no dejó de dar las gracias mientras torcía la boca buscando dibujar alguna sonrisa de agradecimiento, pero nada más lograba acentuar su duelo de manera casi burlesca. Un enfermero joven se acercó para ayudarme a echar el cuerpo de Julián en la caja de la camioneta. Parecía no tener mucho en el trabajo: se esforzaba demasiado en todo lo que hacía. Además yo apenas lo noté ya rumbo al final de mis visitas y me llamó mucho la atención su labor casi frenética en contraste con la parsimonia holgazana con que nos habían acostumbrado sus demás compañeros de piso. Sin embargo en esos días nunca sentí que el enfermero me disparara una mirada como la de aquella mañana.

“La dejó viudita, ¿verdad?”, preguntó el enfermero inclinando la cabeza para señalarme a Damiana que ya estaba adentro de la camioneta.

“¿Cómo?”

“¿Y usted era algo del muertito? ¿Su hermano, su familiar?”, volvió a inquirir, ahora sonriéndose sardónicamente mientras envolvía los pies de Julián dentro de la sábana y la cerraba con un nudo.

Damiana asomó el rostro por la ventana y dijo que nos diéramos prisa porque “el sol de medio día va a calentar demasiado y Julián va a comenzar a oler”. El enfermero se hizo para atrás al acabar lo que estaba haciendo y calladito me miró hasta que yo acabé de amarrar a Julián a la camioneta.

“Nos conocemos desde hace mucho”, dije.

“¿Usté y el muerto o usté... y la viuda?”

“...”

Me subí a la camioneta y me arranqué para la casa que Damiana y Julián siempre habían ocupado. Eso fue lo único que le quedó.

“Julián me dijo que no la vendiera pasara lo que pasara”, dijo.

“¿La casa?”

“Pero ahora no sé ni dónde lo voy a meter. No tengo para enterrarlo”.

Bajamos con cuidado el cuerpo de Julián y lo recostamos sobre la mesa que acompañaba a la cama adentro de la casa. No que aquellos muebles fueran lo último que le quedara a Damiana, sino que ellos eran seguidores de una corriente ultraminimalista de la universidad y el cuarto lleno cojines y alfombras sólo se explicaba por las recientes influencias del Islam en este lado del mundo, y por supuesto en la súpervanguardista facultad de diseño. También eso hacía que Damiana se preocupara tanto por enterrar en menos de tres días el cuerpo que ahora tenía encima de la mesa.

“¿Tienes hambre? ¿Quieres algo de tomar?” pregunté después de varios minutos en los que yo no encontraba qué ver ni dónde sentarme.

“Quiero estar sola, nomás. Gracias por el aventón, yo cierro ahorita, no te apures”, dijo con la mirada fija en la sábana que cubría el cuerpo de Julián.

Al salir no volteé a verla.

No quería hacerlo, pero al día siguiente le di una vuelta a Damiana. Giré en la esquina de su cuadra, vi con azoro el bulto blanco sobre la mesa a media banqueta, debajo de la sombra de un árbol.

“¡Qué bueno que llegas! Necesito que me ayudes con algo”, dijo Damiana mientras caminaba hacia mí. “Mira que sólo he juntado 300 pesos. Con eso no hago nada”.

“¿300 pesos? ¿Qué estás haciendo con el cuerpo de Julián a media calle?”, fue lo único que pude preguntar. Ella sólo se me quedó viendo con una cara que me decía que lo menos que esperaba era un reproche. “¿Qué pedo, Damiana? ¿Tan jodida está la cosa?”

“Mira... este cabrón no dejó nada. A su puta familia ya no le hablaba y yo no sé ni dónde chingados viven ni cómo se llaman... Este pendejo de tan mamón hasta se cambió el apellido. Neta, no sé qué voy a hacer, en serio”, dijo y el llanto le apretó la cara y le agachó la cabeza ahí a media calle.

“Cálmate. Deja me estaciono aquí adelante que ahí viene un cabrón”.

Entramos a la casa. Damiana cerró la puerta mientras yo acababa de arrastrar la mesa para acomodarla en donde estaba el día anterior, el cuerpo de Julián encima de ella.

“Mira”, le dije. “Yo conozco a un güey que fue una vez con Julián a casa de sus papás allá en Ciudad del Valle. No sé si todavía vive ahí en... ¿cómo se llama la colonia en la que vive Magda tu prima?”

“¿Jardines del Bosque?”

“...Si, ándale, ahí mero; en la calle El Clavel.”

“Pues vamos a verlo. Lo tengo que enterrar mañana. Lo dice Dios”.

“...”

Estuvimos tres horas esperando a que alguien abriera la puerta de Roldán en la calle El Clavel. Detuve más de una vez a Damiana que quería brincarse la barda para ver si “a lo mejor están bien atrás y no nos escuchan” o “a lo mejor no nos quieren abrir”. Una vez casi me convence de ayudarla, pero al último me eché p’atrás nomás de puro friki que nos torciera la policía.

“¿Seguro que ésta es la casa de ese güey?”

“Si, ya te dije. Aquí dejé y recogí a Julián aquella vez que se fueron a Ciudad del Valle. Dijo que aquí vivía el güey con el que se iba para allá a casa de sus papás”.

“Pero este cabrón que no abre. Saca su teléfono para hablarle o vamos a romperle una piedra para que nos abra. ¡Por qué no abre!”

“Damiana, aliviánate. Este güey trabaja o va la escuela; ya van a dar las seis no ha de tardar en llegar”. Saqué los Delicados de la bolsa de mi camisa, le ofrecí uno; ella lo tomó; se lo prendí. Y fumamos en silencio.

“Ya son las seis y media y nada... Tengo hambre. No he comido desde ayer. ¡Pero qué hambre me va a dar si tengo a Julián pudriéndoseme en la mesa!” Dio unos pasos. Luego se sentó en la orilla de la baqueta, junto a mí.

“Mira”, le dije. “Esa señora ya dio como cinco vueltas y nomás se nos queda viendo cada que pasa”.

“No, no me había fijado. Oye, ¿no será la mamá d’este güey o una ruca que lo conozca?”, preguntó mientras se paraba y caminaba hacia ella. Apresurando el paso, la mujer se pego a la pared de las casas e hizo como si no nos estuviera viendo. “!Oiga!”, grito Damiana. “!Venga! ¡Espéreme! ¡Déjeme le pregunto algo! ¡No se vaya!”. Pero la señora ya casi comenzaba la escapada cuando Damiana iba justo en medio de la calle. La mujer de repente medio volteaba a verla echándole unas miradas envueltas de pánico. “!Espérese!” dijo Damiana.

“¡ Cli-cli-cli-cli-cli-cli-cli-cling”, sonó una campanita desesperada.

“¡Aguaaaaaaaas!”, gritó la voz de un hombre. Y en menos de un segundo el hombre de la voz aterrizó con la cara en el pavimento. De Damiana, nomás el costalazo sonó. Una bicicleta quedó tirada a media calle, y cerca de mí un timbrecito cromado y redondo como de recepción de hotel. Yo ya ni vi para dónde se fue a la despavorida. Me levanté lo más de volada que pude.

Desde que la vi me di cuenta de que las probabilidades de que todo empeorara para Damiana eran altísimas. No sé qué tan rápido vendría la bicicleta. La llanta completamente doblada por la mitad y el manubrio torcido me dejaban a una Damiana con fractura de tibia y peroné derechas y el hombro izquierdo dislocado, además de varios moretones por todo el cuerpo.

No era la primera vez que Roldán se caía de la bicicleta. “Por eso ya sé caer y que no me pase nada”, dijo. “Pero nunca me había tocado una persona que se madreara tanto. Lo bueno es que dijo el doctor que va a estar bien”.

“Si, estuvo bueno el chingadazo. ¡Ay, Damianita, Damianita! ¿Pues qué pinche karma traes?”

“¿Dices que el Julián era el novio de esta ruca? ¿A poco se murió? ¿Cómo estuvo?”

“No, pues estuvo cabrón. Y todo se está poniendo peor. Por eso te fuimos a buscar”.

“No, pues yo hace mucho que no veía a ese güey. ¿En qué andaba o qué?”

“No... O al menos no sabemos que por ahí vaya la cosa. Aunque si así fuera estaría bien bizarro el asunto. Pero luego te platico bien esto. Ahorita lo que necesito es que te acuerdes de dónde viven los papás de Julián. Yo me acuerdo que ustedes fueron a Ciudad del Valle, allá con sus papás”.

“!Híjole, va a estar difícil que yo sepa!”

“No, pues si fueron juntos. ¡Échale memoria!”

“Es que no nos fuimos juntos. O sea, hasta Ciudad del Valle. Él me dio un aventón hasta El Jerezano, un rancho a dos horas del entronque de la carretera para allá. Yo de ahí soy y cuando supe que él era de la Ciudad, le pregunté si pasaba por ahí para que me diera un aventón. Dijo que sí y por eso nos lanzamos juntos”.

“No la hagas. ¿Y no sabes cómo le podemos avisar a los jefes de Julián? Mira, esta morra se quedó sin lana desde hace un chingo y no tiene para enterrarlo”.

“Mira, ahí cerca del pueblo, en un ranchito vivían unos parientes de Julián. Los hijos se fueron para Estados Unidos, pero ahí queda alguno de los viejitos. A lo mejor ellos te pueden ayudar”.

“¿Sabes si se les puede hablar por teléfono?”

“Allá no hay cómo hablar. Nomás yendo” dijo y me miró con cara de que me estaba diciendo algo a la mitad. “Mira yo te llevaría pero no puedo pararme por ahí. Tengo problemas con unas gentes y acá me guardo mejor. Si quieres te puedo dar las direcciones pa’ que llegues y preguntes. Ahí’stá mi ayuda”.

“Si, pero, ¿cómo le vamos a hacer para ir?”, me contesté.

“¿Qué te dijo ese güey?”

“¿Cómo te sientes, oye?”

“¿Que qué te dijo ese güey? ¡Ándale que es urgente!”

“Ah... Este... Pues que sabe dónde dar con unos parientes que a lo mejor saben de alguien que pueda decirnos cómo encontrar a quien nos pueda decir de alguien que sepa de los papás de Julián o de uno de sus primos. Pero está lejos; como a dos horas en coche. Y ahorita hay que ver cómo vas a pasar la noche. Ya para mañana le seguimos, si quieres. Ya sabes que yo estoy para todo. Bien te puedo ayudar en algunas cosas. No te preocupes”.

“OK. OK. Pero ya nomás me queda mañana para enterrar a Julián. ¿Qué vamos a hacer?”

“Mira, Damiana, ahorita nos vamos a descansar. Voy con el doctor para ver a qué hora te van a dejar salir. Cálmate. Ya bien dormidos vemos qué sigue, ¿ok?”

Me estacioné justo enfrente de la casa de Damiana. Noté que era una calle muy oscura por la hilera de jacarandas que corría por las banquetas tapando el brillo anaranjado de las farolas. Damiana venía dormida recargada sobre la ventana de la camioneta. Me quedé un par de minutos pensando en cómo despertarla. Parecía que estaba descansando por primera vez en mucho tiempo. Yo sé que hasta para ella lo de menos era que “Dios” mandara que Julián fuera enterrado justo al tercer día de su muerte. Sin dinero, ni cómo hacerle. De su boca comenzó a escurrir un ronquido suave y profundo. Pensé en entrar primero a la casa y arreglarle un lugar a Damiana para que siguiera durmiendo. Ni siquiera tuve que sacar la llave para abrir; sólo empujé la puerta. “Se nos olvidó cerrar con la prisa que salimos”, pensé. Prendí la luz y me fui derecho al cuarto de los cojines. Entré y no vi nada. Ni cojines, ni tapetes. “OK, éste no es el cuarto... No... pero sí es...” Volteé a todos lados y tampoco vi la mesa ni el cuerpo de Julián. Habían vaciado la casa. Aunque sabía que tenía que hacerlo, no quise despertar a Damiana. Sabía muy bien que ella sólo se iba a soltar llorando y que yo, muy a mi pesar, dormiría casi nada para salir en la mañana a buscar el cuerpo de Julián, a los familiares de Julián o un camino lejos de todo esto.

12 August 2006

You Are Sleeping (Rescatado del Archivo)

You Are Sleeping "Don't forget the songs That made you cry And the songs that saved your life" The Smiths

The of late uneasy dreaming had Lobo taking overnight walks frequently. No one is out on the streets at that time. He knew that. In a way, that sole fact made his tread possible. He wanted to face nobody while he swallowed the path of his penitence. This was the third time this week he had gone out to that abandoned address where everything took place two years ago. None of the previous instances had been successful. Recalling Sarah's last look was the heaviest load. Over and over and over he could see her face, Sarah’s terrified and bloodied expression, silently accepting the fate meant for her. She was full of future, he whispered to himself. Those were the only words capable of escaping from his lips, just from his lips. Inside of him, the severe annoyance of the once blocked out incident was sewn with wire to his disturbed mind. He was already sweating, although he had just taken a few short steps. He knew what he was supposed to do. He trudged willing not to face the duty required by the distant episode in which he didn’t move a limb, when he allowed Sarah’s departure. That night, the night, was just like this.

“She was full of future.”

Sarah was seventeen the day that she died. She was only a few days away of becoming a beautiful 18-year old senior, ready for whatever may come. She wanted to go to medicine school. She loved kids. She was going to be a paediatrician. She hiked in the mountains every Saturday morning. She never went to mass. She was in love with life. She drove a ’92 sky-blue beetle that she bought with money saved working nights on end cleaning tables, taking orders, serving food, taking tips from ungrateful one-full-dollar customers. She regretted nothing she had done, not even the abortion she had the previous year. She had a few friends. She loved all of them and they loved her too. She had never gone to a funeral. She smoked a couple of joints on weekends. She read one or two books every once in a while. She loved travelling. She never went beyond the dusty city limits. She craved for seeing the not so distant world beyond the barrier of mountains that embraced her town. She spent lonely nights on the outskirts waving at the ones that came into the city. She always missed those strangers that fled from that urban loneliness without showing an apparent reason. “Everybody must have a reason,” Sarah used to think. She didn’t know hers. She realized that her motive approached with every clock’s revolution. Sarah was full of future. Sarah died victim of the treacherous circumstances that surround every one of us.

“She was full of future.”

Lobo didn’t see where he was going. He knew his destination, but he never looked at it. The sombre building waited for him with the piled patience of a winter that knows that spring and summer will vanish soon, autumn is just an aperitif.

“She was full of future! She was full of future, for god’s sake!” Lobo kept repeating to himself, while he walked wagging continuously in anxiety.

His was a rabid trance that didn’t allow him to reckon any other option but to keep going. He was ready to do it for the first time in all those nights of feverish walking. Nothing could deter him now; not even his will; he had none. All the accumulated pressure took hold of him. Forces that he didn't understand mastered him. He had made the route of consolidation his way. A few yards ahead lied the building that even today cries the soar condemnation imposed within its walls. Lobo aimed at it. He was going to do it. He was going to do it. He would step into the wildly grown garden; he would walk the fifteen steps to the front door; he would reach for the knob; he would break into the place where Sarah was killed…“The place where Sarah was killed.” He stopped at this spine chilling consideration. Strange, above everything, was that his heart didn’t kick impetuously inside his chest as in the preceding times he had gone there. Even the mild air that blew on its serpentine road to the east seemed to impel Lobo to keep marching to the empty house, to those chambers full of forgotten whispering and buried solitude. What was his problem now? What had kept weary Lobo from relieving his aching past? There was nothing to be blamed. He tried to find one pretext; a single reason to stop his cross way in the direction of Krista’s former dwellings. But he couldn’t find one. Sarah didn’t let him dig into the ground of stupid excuses. She demanded Lobo’s presence. Via the stretched rumour of the trees and their leaves, the wind, one more time, commanded the furtherance in the swagger. Lobo didn’t think twice. He took the rest of the paces toward his self-imposed duty.

He reached the fence.

“She was full of future.”

He walked into the forsaken weeds.

“She was full of future!”

Lobo got to the front door and grabbed the handle: the bolt was broken. This wasn’t supposed to happen! He had saved energies to break a window, to climb a wall, to use the back entrance to the basement, to force his way in; after all, it was an abandoned house before his eyes. But something, or someone, was already welcoming him. He was expected that night. Maybe the future had come to meet him. Maybe the past was paying one last visit.

“She was full of future, our future,” Lobo, in awe, murmured.

Two steps after a cautious entrance, Lobo, immersed in the dilapidated darkness of the lobby, tried to turn on the light. It happened as he had thought.

“No light. Blindfolded till I get there,” he said in a loud voice, as if speaking with that something that broke the bolt for him.

His steps were delicate. The shrilling wood beneath him testified the entangling of courage and fear that grew within his now feverish body. Drops of sweat lively jumped down from his forehead. One, two, three; three more steps added to the others that he had already taken. He found the stairway that would conduct him and his agony to meet one more time the stained room.

Home alone and the kids were all right. The music was loud. People were gathered inside Krista’s room. It was a party to celebrate something, nobody knew what. Nevertheless, beer, pot, and some festive sex were encapsulated inside those walls. The music coming out of the boom box, mingling with the smoke, performed another murder ballad. “Sha la la la la. Sha la la la la.”

“Lobo,” a voice called him. “Lobo, Lobo, howl for me! Ha ha ha ha. Hold me tight, baby! I’m your Sarah, hun!” And the music went on.

Lobo was resting on the couch beneath the window. A couple of joints ago his mind was not exposed. Now, with the spliff burning in his fingers, Lobo breathed easily. The foggy relaxation didn’t take him to never land, but to his room, with his gal, not far away from there. Lobo’s parents weren’t home that night. It wasn’t perfect, ideal. They were just having sex, as many other times. He climbed Sarah, in and out. She mounted Lobo, up and down. A lascivious lost-in-lechery smile was drawn on his face.

Hey, babes, wanna go elsewhere?

Lobo wasn’t there.

You’re fucking stoned, boy!” Sarah whispered to his earn. “I’m gonna get me a cold one, want one?

Lobo wasn’t there.

The music was loud.

“Sha la la la la. We’re all going to die!”

“I’m so wasted, man,” slurred Billy-Billy Jansen, Burger Palace employee of the month. “I-I-I wanna puke… nooow” He stumbled his way out of the room, to the restroom, or perhaps to a comfortable place where he could vomit and sleep as well.

Earlier that day, good old Billy-Billy had been showing his marvelled friends a .44 revolver that he had taken from his mom’s cabinet. At this point he, due to the ethylic shortcut inside his brain, didn’t know where the weapon was; he didn’t remember the pistol at all. All he wanted was the soothing relief of throwing up and sleeping till hangover possessed him. He went out, guilty as the rest present there.

“Sha la la la, I’m afraid we’re all going to die!”

Little George, a nobody with not know reason to be there, wandered about the room finding nothing to do. He wasn’t a freak, a fresh, a fly guy, a b-boy or anything else. He had the dream of ruling the world one day. He greed power. He wanted to cast stones. He wanted not to be loved, but to be a saviour. He was a follower of any fashionable reason, but just a follower, a draconian follower. He needed people around him. Ha had nothing worthy to offer. He tried to chitchat with the celebrating guys but they never cared. He offered a little dust to a few girls. He wanted to make out. They never cared. He drank a couple of six packs. And at 2:38, that night, George was almost taking off when his New York Yankees cap fell from his head. When it touched the grey rug, little George kicked it beneath the bed by accident. Sarah’s laughter could be heard behind him.

“Shit! Shut up, bitch!” retaliated little George.

“Whatever, Mr. X” whispered Sarah on her way back to her Lobo.

“These sluts have no more respect for a man,” the offended lad replied to the air, while he was trying to reach for his cap below the bed. “One day I’ll show y’all bitches how to treat a man.” His hand combed the obscure area: a shoe, a used condom, a forgotten gun, and his cap, his Yankees hat. He was tempted. There was power beneath the bed. He wanted it. He wanted to show them bitches some respect.

He put the cap on top of the .44. He slid both instruments out to the light. He took a look, found his target, and thought it once, thought it twice. George stood up in silence. No one cared. He hadn’t been invited. No one cared as long as their interests weren’t afflicted. George tried to make up some words to say. He loved the stupid movie dialogs that convey a reason for the obvious. He believed himself a fast and furious southwest desperado: too fast and too furious. He grabbed his crotch with his left hand, raised the gun with his right one, took a few steps forward, and yelled, while shooting the weapon, “you, bitch, I’ll show you some respect, respect for Mr. George! Taste my lead, beeyatch!”

The door opened behind him.

“BOOM, BOOM, BOOM, BOOM,” erupted the gun.

“Sha la la la la. You’re going to die!”

Shrieks and awakening. A hollering commotion began within the room. Lobo came back; just a few seconds before he had seen Sarah, his Sarah, walking toward him with a couple of cold Coronas in her hands, flirtatiously smiling. He did not move. Lobo and his stagnant body remained sitting on the couch waiting for Sarah.

“No, please, no!” yelled Lobo.

“Somebody stop him!” Krista cried.

A football player tackled Georgie boy.

“BOOM!” Another explosion echoed in the room.

This time, little George painfully stopped existing.

“Sha la la la la.”

The door closed.

An empty light; shinning, dazzling radiance. Then darkness: absolute.

Lobo reached the upper level. Through one of the room doors a dim light poured out; some music and laughter could be heard. The beam came from Krista’s place.

“What shall I do now?” wondered Lobo, while facing the entrance to Krista’s old room. “What’s that light?”

“Lobo, howl for me! I’m gonna die!” a feminine, familiar voice from behind the door bellowed.

“It can’t be. That’s Sarah, my… My Sarah! I need to go there. What’s happening? I need to go there, but my feet won’t move. What’s happening? Saraaaah!”

The door to the room opened and a drunken man, good, old, little Billy-Billy, stumbled out. One, two, three pounding steps, then nothing. Billy succumbed to the ale. The door shut again. "BANG!"

“George, don’t do it? Please!” Lobo cried desperately. He began his way to the not so distant entrance. He stretched out his whole body, attempting to reach the room before…

“Sha la la la. Tonight you’re going to die!”

“BOOM BOOM BOOM”

Lobo shoved the door open. He was just on time to see the whole scene, this time clearer, this time bloodier.

As Sarah’s cadaver felt to the ground, blood and smashed pieces of brain splashed the room, her horribly distorted face, and Lobo’s helpless and feverish body.

“No, please, no! I came to… came to… I… Sarah! I! Doooooooooooooooon’t!” Lobo wailed before the gruesome scene. It had happened again. Nothing could stop and erase that moment: not his body, not his mind, not this time, nor any other power. She was looking at him with a terrified, bloodied expression. Her sight conveyed that of an angelic child that does not understand the punishment. Over and over and over he had dreamt that face, felt that lead-overdosed gaze. He had been there many, many times.

Lobo bent his head, as if looking down an endless cliff that yearns for his remnants. “She was… She…” Lobo attempted. He leapt his head all of a sudden. He looked straight to the couch where he had been that night.

“I’m not there. I'm not there! I’m here. I’m here, Sarah,” that he said, and nothing else. He stood silently by the threshold as the whole scenario lost its light to the prevailing darkness of the night.

Light. Shinning, dazzling light.

Lobo woke up beneath a bench at Rochester Park, five miles away from where everything took place. It was early in the city's icy morning. The rays of the sun crept to his face as his eyes opened.

“Whoa! What am I doing here? Where am I? Sarah! Where’s Sarah!?” he asked himself.

Lobo felt silent for a second, wandering with his sight all around the place.

“She’s away now,” he whispered in realization.

A white, dirt-stained, street dog was passing by and looked at him. Both of them stared silently at each other. The filthy beast showed Lobo his yellowish fangs and puffed in disdain; after that the dog got lost in the multitude of light, bushes, and people merging all over the park.

08 August 2006

Fin de Día (Rescatado del archivo)

Fin del Día

En el piso no hay más que un tapete raído y empolvado; da la apariencia de haber sido una alfombra de gran tamaño. Alba, una mujer ya entrada en años, pasea su febril figura sobre el andrajo de un lado a otro. Alrededor de ella las paredes pintadas de azul pierden su encierro con el cielo y el sol que entran por la ventana. Es una pequeña habitación con pocos muebles: una cama de metal forjado lleno de herrumbre nada cómoda a la vista. Bajo la ventana semiabierta, un sofá en ruinas se presenta como último impedimento a cualquier desesperado salto de crisis. Lo que solía ser un armario es hoy un montón de tablones derruidos por el descuido de los años. En lo que queda de la cajonera seguramente se guardan algunos trapiches, tal vez recuerdos o quizás nada. Alba mira el mueble fijamente mientras camina, se lleva las manos frías al rostro y se quiere preguntar algo pero no sabe qué. Se detiene un segundo, dos segundos. Tres segundos y vuelve a caminar. Inquieta.

La puerta del cuarto está cerrada. Alba busca no verla. Quiere olvidar a toda la gente que entró y salió en las lejanas noches de risas, humos y plácidos desencantos. Ella los quiere olvidar a todos como seguramente todos la han olvidado a ella, piensa Alba. Hoy no hay quien entre. Ha mucho que todo es así. "No ha venido nadie," musita Alba. "Nadie en muchos días." Alba no quiere ver la puerta. "Está cerrada. Necesito un cigarro." Alba se busca en los bolsillos del pantalón; no hay nada. Su mirada gira escudriñando cada rincón del cuarto. Sus ojos grises se embarran contra la pared hasta llegar a la puerta; no la quiere ver. Gira hacia la ventana tratando de escapar de esa entrada por la que ya nadie ha salido, y a medio viaje se topa con él.

Ovalado en su larga forma, sus reflejos siempre han ido de pies a cabeza: No pierde detalle. En otras épocas hubo quienes se maravillaban de su brillo, de su marco dorado y su acabado fino, de su fiel reflejo que engañaba sin mentir. En estas épocas Alba no acostumbra consultarlo. "Qué bonito," piensa la mujer, sin siquiera mirar el reflejo de su agotada imagen. "Le debería dar una limpiada; ¡Mira nada más cómo está!" dice Alba mientras camina tres pasos hacia él. "Necesito un trapo húmedo." Se detiene, recuerda que no hay agua en su cuarto. Del trapo ni se diga, seguro está igual de olvidado que el espejo y todo lo que en él se refleja. Alba se queda quieta; cierra sus ojos; recuerda.

"¡Alba, ven, vamos a cantar!"

"No, Raúl, no tengo ganas."

"Ya, deja de verte en ese espejo. Ven, canta conmigo."

"¿A poco no estoy bien bonita?"

"¡Bien buenota, ja ja ja! Vente a cantar, ándale."

"Eres un tonto, Raúl. Dime que estoy bonita, ¿si?"

"¿Si te lo digo, te vienes a cantar?"

"A lo que quieras. Dime que soy bonita, ándale."

"Estás bonita. Eres bonita; toda bonita, Alba."

"Si, soy la más bonita. ¿Qué estás cantando?"

Alba abre los ojos. Después de una fugaz sonrisa regresa a la agitada marcha. "Necesito un cigarro. No tengo agua. Necesito un cigarro," dice Alba mientras camina hacia la cama. "Ese espejo ya está muy jodido. Le voy a dar una limpiada. Me voy a acostar un rato." Alba se sienta en la cama con mucho cuidado. "¡Ay, esta espalda, cómo me duele! Me voy a acostar despacito."

El colchón lastima con su blandura. Alba siente como los fierros fríos de su cama buscan lo que queda de su cuerpo a través del colchón. Pero ella trae otra cosa en la cabeza. "El espejo," Alba dice. "El espejo. ¡Qué bonito está mi espejo! Le tengo que dar una limpiada." Alba repite mientras cierra sus ojos. Alba parpadea una vez: sueña con los ríos verdes y humos de color cristal que ella alguna vez visitó. Su vista regresa al techo del cuarto de azul brillante, luz de sol azul brillante. “El espejo…” balbucea Alba. “Una… limpia…” Caen nuevamente las pestañas, los párpados se abrazan, los sueños regresan a la vida.

“¡Pinche Alba, qué carajo tienes el culo!”

“¿Qué qué?”

“¡Puta, que estás bien buena, cabrona!”

“¡Pinche Noemí, las mamadas que dices! ¿Qué, crees que no lo sé? Pero ya deja de mirarme la cola, y ayúdame a cerrarme el vestido.”

Noemí se para del sillón y camina hacia Alba; sube el cierre con su mano. “¿Y qué, te lo vas a tirar? Está bueno el güey.”

“Nel, no chingues. Primero que se canse el güey; después vemos si nos cansamos juntos, ¡ja ja ja!”

“Eres una zorra, güey. Ya está el cierre.”

“¡Quítate, deja verme en el espejo!”

“Te ves muy bien. Ese azul le va bien a tu piel, cañón. ¡Ay, que lindo está tu espejo! Oye, ¿hiciste lo de mate?”

“Si, es mi favorito. Todo mundo me dice lo mismo. Todos me dicen que soy muy bonita, la más bonita: ¡Alba, la bonita de ojos grises! Nadie tiene ojos grises; al menos nadie en la escuela o por casa de mi tía. ¿Qué era lo de mate?”

“¡Mi hermano me dijo que le gustabas! ¡Ay, pendeja, ja ja ja! También me dijo que no te dijera.”

“Tú quieres que me lo tire, cabrona.”

“Eres mi mejor amiga, y a ese güey no creo que le falten muchas ganas de ponerte un dedo encima. Es virgencito el muy tarado, ¿tú crees?”

“¡Ah! ¿En serio? ¿Cuántos años tiene, eh? ¿Entonces si es en serio lo de que le gusto? Ya ves, todos saben que soy bonita, ¡la más bonita!”

"No te va a faltar con quien casarte, Alba."

"Un día voy a ser una reina: Alba, la reina de ojos grises; la más bonita de las reinas."

El viento sopla y avienta los ruidos de la calle al interior de la habitación. Rápidamente los sueños se disuelven en la hora del día. Alba abre los ojos lentamente, escucha: el motor de un carro a toda prisa, se va; los pasos, las risas y las voces de algunos que pasan, se van; el viento que se enreda con las hojas, el polvo y el vacío de la calle.

"A lo mejor alguien vino y no escuché. Me quedé bien dormida."

Alba se levanta con la celeridad que su dolor permite; sólo alcanza a sentarse en la cama. Al cabo de unos segundos Alba trata de recogerse el pelo. Mientras se toma con una mano el cabello, con la otra trata de encontrarse una liga, algún listón o cualquier cosa que le amarre sus desatendidos mechones. Son cinco, seis, diez las veces en que Alba se hurga en los bolsillos del pantalón. La mano derecha sostiene, arriba; la izquierda busca, abajo. Después, todo otra vez; lo mismo, pero al revés. El coreográfico movimiento de sus brazos termina por fatigarla. Alba agacha la cabeza y su mentón roza su pecho. “¡Necesito un cigarro, ya!” Alba trata de alzarse de la cama; la acción le toma más de 20 segundos. Al final, Alba puede caminar los torpes pasos hacia el sillón demolido, llegar a la ventana, sentir como el aire lleno de ruidos se escurre al interior del cuarto, asomar el rostro arrugado y casi desteñido a la calle. “Necesito un cigarro, pero a lo mejor alguien viene,” se dice a sí misma mientras voltea de un lado a otro de la calle. “Tengo que estar por si alguien viene.”

Es el fin del día. Alba mira el sol caerse detrás de los edificios. “Todo está vacío. A lo mejor alguien viene. Necesito un cigarro,” dice la mujer mientras regresa la cabeza al interior del cuarto. Con las piernas ya menos entumidas, Alba logra dar unos pasos para reiniciar la marcha frenética. Alba avanza hacia el pedazo de alfombra; lo mira por un segundo y levanta la vista: la puerta cerrada. Quiere buscar el no verla. Gira bruscamente el rostro en dirección al espejo. Alba detiene la marcha; su cuerpo ha quedado justo frente a su reflejo íntegro. “¿Esa soy yo?” Alba se pregunta al mirarse por primera vez en mucho tiempo. “Si lo limpio puede que me vea mejor.” Alba camina en dirección al espejo, extiende las manos como queriendo alcanzar algo que se escapa, y repite, “tengo que darle una limpiada.” Alba se detiene, baja los brazos. Alba mira quieta su imagen en el espejo y escapa unas palabras de su boca: “No tengo para cigarros. Nadie va a venir.” El espejo y Alba se contemplan como siempre lo han hecho, como siempre lo hicieron y como siempre lo harán hasta que cada uno se agote en su reflejo.

Gustavo Martínez Contreras

29 July 2006

La Misma Arena (En Proceso)

La Misma Arena

Fue apenas hoy que me di cuenta de todos los lugares en los que alguna vez olvidé un paquete de Delicados. Extraño mucho el sabor de esos doce rollos de papel arroz rellenos de tabaco y sin filtro que están hechos “Para gente diferente”. Mi diferencia para fumarlos era pues un impulso que me hacía comprar una cajetilla, fumar un par de cigarros y después dejarlos ocultos debajo del asiento para que Ramón no me pidiera uno luego de que se subiera al carro; asegurarlos entre la visera y el techo del auto para alcanzarlos pronto si el antojo me agarraba manejando en la autopista; meterlos a la guantera para no dejarlos siquiera a la vista de cualquiera que anduviera rompiendo las ventanas de los autos para sacar lo que sea; o dejarlos bajo la palanca del freno de mano cuando me quedaba absorto en alguna canción, la repetía tres o cuatro veces, y luego me olvidaba de mis Delicados. Más de una vez llegué a encontrar cajetillas sin abrir en los compartimientos de las puertas, debajo de los asientos o hasta en la cajuela. Mi felicidad raspaba la garganta cuando podía deleitarme con cada uno de esos cigarros viejos que eran novedad para mí por algunas horas; luego los olvidaba otra vez. A pesar de mis frecuentes hallazgos, nunca tomé en cuenta que casi en cualquier rincón de mi auto llegué a descubrir tabaco. Por lo menos no hasta ahora que recorro a tientas asientos y tapetes buscando teléfono, libreta y pluma, y sólo recojo polvo de tabaco enredado entre pelusa.

Continúo con tiempo desfavorable esta crónica de sudor y garganta seca. Van ocho horas de ida y vuelta en el desierto, y no puedo más que medir la jornada en los cigarros que no puedo fumarme y que coquetean recurrentemente con mi abstinencia impuesta hace ocho meses. Es una combinación de tiempos que se conjugan en la daga recorriendo cada vez con más presión mis vértebras. A veces mis dedos tiemblan llenos de ansiedad sobre el volante o cuando escribo algo en mi libreta. Estoy seguro de que un tabaquito le vendría muy bien a esa molestia. Pero por aquí no se ve un lugar en el que se pueda comprar algo. Además me prometí no más humo. No hasta que se acabe el año. Así que mejor pienso que estoy bien. Sólo que el camino es muy largo, muy aburrido. Y luego está el sudor. Las gotas resbalan en diferentes rutas que inician en el cuello o en el pecho y terminan siempre mojando la pretina del pantalón. Ya no sé si siento o no siento nada. Van ocho horas de recorrer el mismo desierto de ida y vuelta sobre la carretera NM9. Viajar al menos una vez por ella es aprendérsela de memoria. Llevo ya media docena de recorridos a lo largo de este tedio árido, y lo único que puedo pensar es que estoy en una especie de ping pong de raquetazos retardados: en cuanto veo la torre de agua en Columbus me salgo del camino, doy la vuelta, y regreso hasta el letrero que anuncia la próxima llegada a Texas. La recta de pavimento corta a un desierto que me traga de la misma manera en la que devora al agua en los días de lluvia. No dura mucho esa temporada. El camino parece manda. A lo largo de él corre el alambre de púas de las rancherías que están justo en la frontera de Nuevo México con Chihuahua. Siempre que me topo con una entrada en la terracería me clavo en ella para ver si doy con alguien, con quien sea. Avanzo unos minutos. Después me bajo del carro y sigo a pie mientras grito, “¿Alguien necesita agua? ¿Están todos bien?” Nunca hay quien responda. Estoy quieto; parado sobre una loma de arena uno, dos, cinco, diez minutos, busco que algo se mueva. “Soy amigo”. Sólo el aire que muy a veces se da la vuelta por este lugar mueve algún matorral y levanta un murmullo de arena. Regreso al carro y veo que debajo de unos mezquites se asoman de entre la arena bolsas y botellas de plástico, y una lata que aún conserva jirones de una etiqueta en la que se alcanza a leer: Sardinas Dolores.

Antes de subir al vehículo me busco en la bolsa. No traigo cigarros. Bueno, a lo mejor en el auto. Ya a bordo del coche sólo pienso en encontrar la libreta. Cuando la hallo, escribo una vez más “Aquí no hay nadie”. Le doy una hojeada a mis notas, o más bien cuento cuántas veces he repetido ese mismo enunciado. Repaso las páginas y caen unos granos de tabaco viejo sobre mi pantalón. Las yemas de mis dedos también se prenden de un poco de ese polvo. Dejo la libreta a un lado y contemplo la tranquila inmensidad de toda esa marea de arena. Dos nubes buscan a qué hacerle sombra, pero pronto se dan cuenta que es mejor huir de ahí; comienzan su marcha tan aprisa que pronto se hacen cuatro, luego ocho y después ya nada. Enciendo el carro y salgo en reversa. No sé para qué dejé de fumar.

Ruedo sobre la carretera una vez más. Ni siquiera me fijé qué dirección he tomado.

Columbus se va acercando una vez más y comienzo a pensar que el viaje ha sido en vano. Una camioneta viene de allá, se va y se pierde en mi retrovisor. ¿Será de los Minutemen? No me he topado con ellos en esta carretera que se supone estarían vigilando. Son un grupo casi olvidado que alega cargar naranjas y agua para ayudar a cualquier “necesitado” que se encuentren en el camino, según dicen. A veces están parados a un lado de la carretera buscando con binoculares a uno de ellos, con apenas uno que encuentren... Clifford Alford comenzó a rodar casi a la misma hora que yo lo hice, según descubro cuando iniciamos nuestra plática. Una camioneta pasa y baja la velocidad al vernos. Alford asiente un saludo y la camioneta sigue de largo hacia el oeste. “La migración es un problema que nuestros gobiernos no han sabido resolbla bla bla...”. Y así se sigue recitando un guión bien aprendido por varios minutos. Algunas preguntas le hago, pero hay poco que necesite de él. Casi no me doy cuenta que de vez en cuando él me incluye en su nosotros: “We, the people of this country” “Like you and me, the citizens”.Después saco la cámara y le pido que pose para unas fotos. Regresé a El Paso después de doce horas de sólo dar vueltas y no encontrar absolutamente nada.

Faltan diez para las diez del viernes por la noche. Ella me está hablando de algo que le pasó en la semana, pero yo no puedo dejar de pensar en Delicados. La barra del bar es larguísima, más cuando está vacía. Ya no la quiero ver—a ella—. A lo mejor trae cigarros. Pero seguro los que trae no son Delicados, o ya de menos lo que sea sin filtro.

27 July 2006

Ya va a amanecer. Chale

La lección del día fue: cambia de pinche vida porque la que tienes es demasiado perfecta. Llegué tarde al trabajo otra vez y ni cuenta se dieron, o eso pienso yo y a lo mejor ya me las están juntando. La nota de los paleteros fluyó chida y la otra de migración va cayendo poco a poquito. El pedo es que me faltan los testimonios de las personas que me ayudarán a conectar el kit en esta región. Si no los consigo mañana, ya me chingué. Pero los voy a conseguir, soy demasiado cabrón. ¡Ah, esa es otra! Ando en argentino-mode y ni yo me aguanto. No sé que pedo. A lo mejor no se han dado cuenta, pero hoy hablo puras mamadas. Gran cambio entre ayer y... ayer... Porque hoy ya no es ayer, aunque si lo será mañana. ¡Ya ven! Ahora me creo intelectual. Soy mero mercachifle de ideas, como muchos que conozco y que sigo conociendo.

El pinche martes me la pasé de la verga, nada me salió y hasta pedí paro para que me aguantaran con las notas. Bueno, lo hicieron y de ahí todo fue mejor. Ayer miércoles me la pasé al puro centavo, y en el jale volvieron a publicarme en portada. Mañana viene otra buena. A ver si pega la culera. La chingadera es que ya mero me amanece y no puedo pegar pestaña. Y Syd, bien gracias, culero. No he hecho nada. Bueno. Le di al jalisco. Pero a lo mío no le he pegado. Para el fin de semana tengo que acabar unos escritos para concurso y mandar fotos para lo mismo. Esa lana me hace un chiiiiiingo de falta. Voy a intentar dormir. No quiero fingir que soy interesante, así que hoy no hablo de política ni de lo que está en las noticias.... (Si lo hice)

26 July 2006

Chale, ya va a amanecer...

¿Qué se hace cuando no se puede dormir? ¿Cuentas borreguitos? ¿Te revuelcas en la cama? ¿Piensas que por cada minuto que pasa dejarás de hacer algo en tu lista de pendientes del día siguiente? ¿Le pides a mamá que te cuente un cuento? ¿Chaquetita y a dormir? Creo que eso y más he intentado. De hecho algunas cosas más que otras, y declaro que a cada acción de éstas le corresponde su respectiva variante. En eso estoy precisamente a los pocos minutos que faltan para las tres de la mañana de este veinti-no-sé-qué de julio. Syd Barrett se murió y muchos textos lo revivieron (o lo enterraron, según la perspectiva y la gramática) y yo me sigo preguntando por dónde darle a mi trabajo acerca de él. No es mi héroe. No es mi santo. Y creo que si él hubiera estado en mi salón de la prepa nunca nos hubiéramos hablado. Aunque estoy seguro de que hubiera habido cierta admiración mutua. Yo lo vería como un buen artista y él seguro vería en mí al pendejo más sobrevaluado de la generación. ¡Bah! Ya comencé otra vez a sacar mis complejos. Como el de que se me cae el cabello. De hecho nomás no me crece desde hace tres meses; sigue debajo de mis orejas y arriba de mi espalda. Y científicamente se dice que cada día perdemos seis cabellos. Yo estoy seguro que el rastro que mi cabellera deja en mi almohada, en la ducha y en mi ropa sobrepasa la media decena fácilmente, pero Adriana dice que son figuraciones mías. Volvamos a Syd. Viendo en mis borradores, me doy cuenta que ya van doce días que no le pongo a ese jale. No es que le quiera rendir tributo: el guitarrista ya se murió y poco le puede importar cualquier posteridad. ¿Será que creo que vale la pena hacerlo? Que valga la pena es lo mismo que ese cenotafio que me rehúso a construir. ¡A la chingada! Son mis reglas y me gusta quebrantar cualquier tipo de autoridad siempre por los medios del rocanrol. A ver qué chingados se me ocurre mañana. ¡Puta! A lo mejor mañana no me da tiempo. Se me hace que me voy a levantar tarde porque hoy no puedo dormir. ¿Cómo estará de cabrón el pedo que ya hasta me puse a escribir? Ojalá alguien me pudiera prestar un sueño, mucha falta me va a hacer mañana.

15 June 2006

Opdeit

Es la segunda semana de show aquí en Dallas. Comienza a gustarme este lugar (Hasta cierto punto, claro.) Creo que cada día que pasa me adapto más a esta situación. Mañana me lanzo a escuchar a Los Lobos en el museo de arte; se va a poner muy chido. Se suponía que mañana me toca descansar, pero Lourdes (LouCa) me pidió que hiciera un jale de color para el partido de México. Si no me pagan el día como tiempo extra, pues espero que lo den en “tiempo”. La verdad estoy buscando ganarme unas vacaciones para el 2 de julio. Es muy importante ir a votar, especialmente con todos los nefastos que andan por ahí tirándole a Peje. No es que el vato me gane al 100, pero yo estoy con la izquierda (por menos zurda que sea.) Este fin de semana me vuelvo a quedar solo. Quiero darme una vuelta en el tren y haber si me paseo en la bici que Adriana nunca usa.

22 May 2006

Me desperté al poco rato de haberme acostado. El sueño que me hizo llegar temprano a casa después de la fiesta, se fue y me dejó una idea borrosa en la cabeza. No desperté drogui ni nada por el estilo. El pedo es que si estaba sacado de onda. Ni siquiera recuerdo haber estado en un sueno locochon ni nada por el estilo. Hacia mucho que no le ponia a las drogas. Que explicacion podia hayar en todo eso?

12 May 2006

Depósito de Chingaderas

Elías llamó cerca de la media noche. Yo dormitaba en el sillón -Sara estaba en otro de moods otra vez-; levanté el auricular al primer timbre para que ella no se despertara. "Pensé que se iban a ver hoy, wey", acusó Elías tranquilamente. "Mmmm... ¿vernos? ¿quiénes?" "Jade y tú, qué ¿no?" "No, wey, quedamos en nada". "Nosotros tampoco", dijo mientras un "bip" intermitente sonaba en su teléfono. "Se está bajando la pila de esto... Adi....". No supe si en verdad se acabó la pila o si Elías me colgó para seguir buscando a Jade en otros números. Los últimos días habían sido de los más pendejos que uno puede imaginarse. Corrían de un lado al otro insultándose con una sutilidad que nunca era sutil. O si no él en su plan de querer hacer menos a Jade, de aplastarla, y ella, pues, pues nomás callada echando miradas que lo hacen a uno sentirse culpable-triste-emputado por presenciar ese rídiculo castigo. No sabía por qué me habían escogido a mí de su pendejo. Como que no podía imaginar que montaran su show enfrente de otras personas. No que yo quisiera la exclusiva, pero no fue sino hasta después que supe que con todos se portaban igual, e igual que con todos los demás, yo era otra pared en la que jugaban su rebote marital. Ya más de una vez alguno los había encarado reclamándoles su fiajción de cachetearse muy discretamente, según ellos, en frente de los demás. No funcionó. Casi todas las historias terminaban con una escena del show de Cristina. Sara los conoció mucho antes que yo, mucho antes de que ella y yo comenzáramos a vivir juntos, mucho antes de que ella y yo nos conociéramos. Sara y yo quedamos en vernos a la salida del edificio de ingeniería en la universidad. Era martes y yo ya iba un poco retrasado. Seguro que Sara me iba a echar una de sus miradas. Raro. Cuando llegué ella aún no estaba. Pensé que habría ido al baño o algo, ¿no? Después de media hora, empecé a viajar que Sara se había ido bien encabronada. "Fueron diez minutos; 'inche mamona". Entonces no sabía que aquella vez ella me hubiera esperado los diez minutos y hasta un poco más. Hoy una espera de esas sería poco usual. Ya iba a dar la hora. Yo me quedé sentado en la puerta del edificio. Platiqué con un par de personas y miraba pasar chicas que iban y venían. Ya cuando me estaba hartando, apareció Sara enmascarada en una "muy apenada" sonrisa. "No me pude quitar de encima a una amiga (Jade) que llegó llorando a mi casa". Ya más tarde, sobre la comida, Sara me platicó las lloriqueadas de su amiga Jade y de cómo siempre hacían un desmadre ella y su novio. "Es que son buenas personas, pero a veces parece que nomás salen para malviajar a los demás con todos su pedos. Son chidos, te digo; se me hace que te caerían chido a ti..."

05 May 2006

The Strokes

I don't really know how to start this. I'm still asking myself whether I liked The Strokes' new album or not. I know it's good. But I cannot really find a balance in it. When they first came out with "Is This It?," in 2001, audiences and critics praised them for resucitating the almost dead rock scene. Yeah, there are bands like Radiohead and... well, just Radiohead and perhaps Café Tacvba if you're some kind of music savvy. The Strokes opened the door to many bands that attempted to imitate the style, a trend that today places us in this retro-punkish-super pop era that many were affraid of experiencing again. There's nothing to be done. "First Impressions of Earth" works only for those hardcore fans of these New Yorkers. This won't be a record to remember nor a record to forget. It's basic function is to illustrate the process the band is going through: maturity. Lacking form and penetration, Julian Casablancas' lyrics show a personal confrontation with critics. "I've got nothing to say/I've got nothing to say/ I'm no in dismay" says the chorus of "Ask Me Anything." And for moments this would seem quite true. Casablancas denotes a struggle in the attempt of finding a better songwriting, a need that his strong and strident vocals, ironically enough, hide many a time. Guitarrists Alberto Hammond and Nick Valensi deploy their best studio sessions, that ressemble any of their live performances. They sound precise and acute, while bassist Nikolai Fraiture accomplishes once more to settle the sometimes frantic, the sometimes delicate rhythms that characterze him. In terms of execution, the band demonstrates that they might be onto something. Too bad that the once-proclaimed kings of rock showed they were not such.

04 May 2006

Azafrán

It was too much food. I had more than enough. I kept eating, but I couldn't help it. One of my most hidden inner forces made me devour whatever was on the plate before me.You might think I went to one of those all-you-can-eat joints abounding in our region. It isn't that I am against them; I actually list a couple of them among my favorite food spots. The truth is that I ventured into the world of high cuisine and experienced more than what I expected. My taste, tired defying any logic when it delves into the not-when-sober delicacies of Chicos Tacos, seeked to broaden my perspective and took me to one the best places I've ever eaten: Azafrán.Embeded on the west side of El Paso, Azafrán (Spanish for saffron) especializes on delighting its patrons with international cuisine. A wide array of dishes containing beef, poultry, vegetables and seafood --sometimes all of them combined on the same plate--, entice any palate. Yes, high cousine is synonimous of high prices, but sometimes appearances deceive and one must try something before refusing it.Azafrán makes you walk in perplexed of the extravagant decoration with its aquariums and waterfalls on the wall.The menu, as mentioned before, offers anything from Mexican dishes, pasta, salads and many other things, with an average price of $18. This is not a place in which you cannot even pronounce what you're ordering. The list of dishes tells you exactly what you're going to eat, mouthwatering combinations that make the minde fly away from the regular "to go" combos with extra large fries and soda available at any junk station. The food is so delicious at Azafrán that the "wallet-ache" vanishes before you notice. After choosing my seat and getting iced tea($5) and water, Tracy, my server, waited patiently for my order. She helpped all along the way with suggestions and remarks on how the cheff prepares every single portion of food. The chicken with marinated artichoke hearts, shrimps, escalop and mushrooms tempted me, but my pasta heart took over me. I ended up ordering linguini with shrimps and prosciutto in a vodka sauce ($15). But before I decided for this dish, I look at the appetizers section on the menu and opted for the interesting shrimp quesadillas ($12). I didn't know what I was going to get. The cheese and shrimp mixture proved to be an excellent companion for the red tortillas and the piquant guacamole side that came with them. The delicate assortment of red triangles adorned the plate in such an artistic manner, that it took me long before daring to reach in for the first quesadilla. Tracy recommended that I should also try the home-baked bread with sesame seeds and cream that would join my main order. Azafrán service is expedient. I was bearely thinking of timing the food, when Tracy came opening space for my plate and asking me if I needed anything else. I was perplexed (and half full already). But I acquiesced to a glass of wine. When the wine menu came I searched for any of the economic and practical Chilean brands, finding the excellent Reserva Santa Rita sold by the bottle ($24). I just wanted a glass. But far from souring my meal, I digested this episode sampling a glass of Altus ($5), an Argentine Merlot. Its strong aroma and dry flavor were proof enough of its place among the wines of the Azafrán house. The prosciutto gave the dish its strong flavor, while the shrimp proved once more to be the perfect companion for the pasta. The tenuous flavor of the vodka sauce splashed my lips, and I caught myslef dripping it several times onto my blanket. After a few stops along the way, I finished my linguini just to be tempted once more by Tracy. "You should try our desserts," she almost ordered me; and I, almost in a state of candid oblivion, accepted without any hesitation.The dessert menu displays sweet delicacies like chocolate bathed strawberries, mouse, and flan napolitano. My taste and imagination were shaken by the cheesecake with pecan crust ($7), perhaps the one with the simplest name, but the also the one with the highest remarks from Tracy. "We whip our cheesecake to point of puddin," she said.When she brought it, I tasted the most exquisite cheesecake ever. Its jelly consistency played with the pecans to create a glorious ending to my sensorial feast. I took my time, though I was already running late. But if there's a cheesecake that deserves my time, this was the one. Sweet, solid and placid delight that I munched on tranquilly, you gave me the key to lock the memory of one of the best meals I've ever had!When the check came, Tracy recommended me to come back on Sunday. "We have a buffet and you can try all our dishes from $17."Well, I might be adding another all-you-can-eat place to my list. Average price for a meal for two: $70 Location: 5411 N. Mesa Telephone: 581-8100. Specialty: International Cuisine No reservations needed, unless special occasions (Mother's Day). Live music every Thursday night.

23 April 2006

A Tree of LIfe

Sunday's sun comes down despacio, despacito, all along Juárez-El Paso. Ramón and I make the trip teenagers and crazy gabachos do across the river to get some fun. A light breeze welcomes us on the Mexican side of the Río Grande; long shadows walk back and forth, up and down an orange-and-red Juárez Avenue: the strip. It is just the ideal atmosphere to forget the tedious week approaching and the unbearable lightness of being a routine muncher.

Ramón follows me down the strip. We walk by forgotten pachucos now turned into shoeshines and street musicians. We talk about books and hitch-hiking Jews, southbound trips and Mexican roads—the memories of old—while the smell of all the stale drink-and-drown fiestas permeates through the gate of every single joint. Juaritos says hello and "come on, guys, we have fine and sexy ladies waiting for you," says the man with the neon-lighted smile that stands at every single entrance. But we ain't looking for any of those caves. Ours is an upward trip, in search the sacred root.

Juárez hasn't changed a bit: It's still dying. It's a big town afflicted by the same corruption and a great deal of the violence plaguing the entire México-U.S. border. People are friendly nonetheless. The corners are inhabited by taxi men offering "chicas" (girls) the same way they offer a ride. People are friendly nonetheless. Many dru stores offer "Medecinas baratas" (cheap medicines), the of late number one spot for tourists.

One can feel a sense of history trudging around downtown Juárez. Away from the fluorescent signs and the drunken aroma, few bars keep the revolutionary air that hosted Mexican troops, Revolutionary soldados, and spies during the Revolutionary War of 1910. They can tell a story that no one recalls. Jack Johnson's fight is gone. Prohibition is almost a century-old tale; the gringos came, as they still come, to drown searching for the Mexican Dream. But they cannot find what's been right beneath their noses, a drink made for the wandering throats of women and men with a taste for the border elixir: Chuchupastle.

El Arbolito

No one is certain about how and when it happened, but some 60 years ago downtown Juárez woke up underwater. Three feet of water made of "El Arbolito" (The Small Tree), a small place embeded right in front of the Plaza del Mariachi on Mariscal Street, a residual water pool. Today "El Arbolito" is receving more water again. Cracks on the ceiling leak some water down to the buckets lying on the floor. Nothing to worry about. Two guys are already drinking there when Ramón and I walk in.

"Buenas tardes, jóvenes; a ver sus i.d.'s, por favor, muchachos," says Conejo(Rabbit), the barman who probably was a teenager when the water came long ago.

Our sight takes a tour from left to right resting on the old chairs, mesas and stools scattered across the place and facing the bar at the bottom. The wooden "barra" hosts miniature versions of a Mayan pyramid and a Virgen de Guadalupe image, old calendars, glasses of various shapes and sizes, and a grey dust-covered register. Right on top of the register, a phallic device dwells mysteriously. "La maraca" has a thin stick some 10 inches long and a sort of balloon at its end. No one can touch it. The word at "El Arbolito" is that "la maraca punishes those people who claim to have no money to pay for their drinks." Conejo says it works. "Nomás uno se nos fue una vez sin pagar."

A Julio César Chávez photo hangs from the wall at the left end of the massive piece of furniture. Tequilas, whiskeys and all the other sorts of liquors align together on the main shelf. Beers rest inside an old fridge right beneath the assortment of bottles. The place is far from being your typical hip-hop club or even an American curious "Mexican classic" cantina. The cracked and badly repaired walls host a horde of hipster college students that pack the place up almost every Friday on their way to some of the "fancier" places. On most days a keyboard-guitar duo accompanies the cheer and laughter of those who gather at El Arbolito. On special occasions (almost every Monday) there's "botana" (snacks) for the early birds. El Arbolito's fame brings people in every single day searching the home place to one of the unknown delicacies of Juárez. But the biggest nicety that brought Ramón and me here is Chuchupastle.

El Chuchu

The infusion of Tequila and the root of the Osha plant (Ligusticum porteri)*, Chuchupastle is a strong beverage. Its savor is something between celery and the most pleasant corner of burning Hell. Only a few spots in Juárez sell this liquor in its most original form, and El Arbolito is thought to be its original home. El Arbolito's mix is made with regular Tequila Orendain. The clear liquor acquires a yellowish color thanks to the root's "flavorful and medicinal infusion," said University of Kansas' Botanist Quinn Gabriel Long.

"It is much like many bars in the US make trendy vodka infusions with everything from pomegranate to cucumber," he said.

Ramón says he's thirsty. I just want to drink. The first "chuchu" comes in the hands of Conejo. He serves it in a small shot glass, perhaps a warning of its strength, perhaps a limitation of its enchanting bouquet and strong body. One has to sip it like a fine wine, says the popular word about Chuchupastle. No one stands straight after four of these shots, and I know from experience. As I downed the Chuchu, I feel its grassy flavor bathe my mouth. No sooner had I felt this than a parsimonious burning begins crawling up my body as the Chuchu travels down. It's like realizing I have lungs, arms, feet and hair for the first time. Ramón gasps with his eyes wide open after his first drink. There will be a couple more during the night. A cold beer is a good companion for "el chuchu." Any fría will do. All beers cost 10 pesos, the same as chuchu. And we choose to have "Indio," a dark bock with smooth composition and taste. Just after a few minutes, Ramón and I start talking about whatever comes to our mind. He says to know a guy that did "this" and "that." I answer that something similar happened to a friend of mine. We look at each other with suspicion. Perhaps we revealed too much. Perhaps we need to sip a little more "chuchu."

Almost two hours go by and we are drinking our third round. We keep on talking about "our friends'" stories. Sergio, the son of the late owner, a mature man of about 55 years, plays an Antonio Aguilar cassette on his stereo and Ramón and I sing the little lyrics we know. "Normally, we have musicians come and play all those sad rancheras to cheer people up. Nomás que they didn't come today... They might be drunk," he says.

We had our fifth chuchu a few minutes after. All of a sudden Ramón recalled he had a wife and child to go see. I just laughed and asked for another one. Ramón dragged me out. We finally walked back, passing right next to the prostitutes, travesties and strippers on their way to work.

*Special thanks to University of Kansas Botanist Gabriel Quinn for his knowledge and help.