25 April 2007

El tiempo se mide a respiradas

El tiempo se respira Las pilas se acabaron hace ya varias horas, o quizás fueron ya días; ya no sé. He pasado mucho entre esta oscuridad que me enterró justo en mi trabajo. Sobre nosotros cayó la tienda con todo y la bodega de arriba. El piso y los anaqueles empezaron a moverse y de pronto sólo sentí que el techo, los zapatos, el trabajo se me venían encima. No advertí nada: mis audífonos sonaban a todo volumen una canción de The Smiths pero pronto también se callaron debajo de todo el escombro. Me quedé con ellos, con los audífonos, en la mano derecha. Pero no los sentí, no los sabía, no me acordaba. El golpe macizo me atarantó. Y luego abrí los ojos a este encierro sin saber dónde estaba: fue temblor o fue bomba. Nada me queda claro porque a mí sólo me tocó estar debajo de todo esto pensando que pronto me van a sacar de aquí. Fueron las voces llenas de llantos y súplicas las que me hicieron recordar a mis audífonos. Comencé a escucharlas poco después de que todo pasara; aunque aquí abajo el tiempo ni se siente o si se siente es de otra manera que no se mide con reloj ni con calendario. Es como el espacio. Y esas voces eran como sus estrellas que se iban prendiendo a la derecha y a la izquierda y arriba y abajo, aunque también eso de colocarlas resulta un espejismo. Ni yo sé dónde estoy. Pero así las escucha uno, como uno ve las estrellas en el cielo: ahí están, pero nadie sabe bien en dónde. Se quejaban todas--pedían auxilio y gritaban por sus piernas, por sus hijos, por sus manos. Y yo las escuchaba y les decía que se calmaran. Que pronto iba a venir alguien a sacarnos de estas piedras, les decía. Pero ellas siguieron en lo suyo y yo nomás pude apretar el botón de mis audífonos con el pulgar y escuchar a The Smiths para que las alejara de los oídos por un buen rato: hasta que se acabaron las pilas. Todavía se escuchaban algunas voces cuando me quedé sin música. Creo que eran tres cuando comenzó a escucharse un crujido como de madera. El ruido primero fue lento, casi audible, y luego ya las voces gritaron y lloraron por última vez al sentirse una sacudida. Seguro que algo se venía más abajo. A mi cara llegó un viento frío y a mi boca se metió el polvo del último grito que apenas alcanzó a decir "ay". Nunca escuché tan vivo al silencio. Escalando en volumen, una voz se presentaba en algún lado repetiendo en mantra que esto era un sueño y que no lo debíamos de creer mientras yo, callado, a veces la escuchaba cerca de mi oído o a veces la escuchaba allá ahogándose a lo lejos pero siempre con el mismo sonsonete hipnótico que de pronto me hizo sentir que yo ya no tenía piernas. Cuando uno no sabe qué fue lo que pasó ni lo que está pasando el dolor que se siente nada más confirma al espíritu presente pero no garantiza que el cuerpo esté aún completo. Cuando me quiero mover siento mis brazos, que apenas se estiran, tocar el muro gélido de esta bóveda que se desmorona conmigo adentro. Y la voz de esa mujer no se calla, aunque no sé cómo es que se acerca y se va de mí sin que yo la sienta; sin que me diga que pronto van a venir a sacarnos. Que me calme ahora que sólo quedamos ella y yo. Porque si esto es un sueño ya me quiero despertar para asegurarme de que mis piernas están en donde ahora mis manos tocan un bloque frío de hormigón que se siente lejos, pero no en la distancia. Es como si me estuviera hundiendo, saliéndome de mí mismo como el sudor manando por mis poros abiertos. Voy a ser piel, sangre y huesos licuados y revueltos con estas piedras que nos cayeron encima. Y la voz se escucha tan lejos que ya no la siento. Pronto vendrán a sacarnos, le quiero decir. Pero no va a escucharme porque ya está muy lejos, apagándose como todas las demás. Y ese crujir que se aparece callándola y silenciándome en espera de que yo no sea el próximo. Porque a estas alturas ya estoy seguro que no hay nada más que hacer que acordarse de una canción de The Smiths y cantarla aunque me pese el pecho y me arda el vacío que siento debajo de esta roca que me reclamó sin que yo pudiera hacer algo. Era un par de zapatos Hush Puppies cafés del número 10. Vine por ellos cuando la empleada nueva me los pidió de la bodega. Ella llevaba aquí una semana, aunque ahorita ya no sé cuánto tiempo pasó desde que se nos vino abajo todo esto. Luego ya no la escuché decirme nada. No estaba en todas esas voces que lloraban. ¿Qué pude haber hecho de todos modos? Yo venía con el par de zapatos que me pidió y acabé con una loza helada de hormigón moliéndome las piernas, el vacío llenándome los pulmones, inventándome un dios en la voz que me decía que todo esto era un sueño; pero ella acabó de ser antes que yo pudiera rezarle algo, crearme la fe de que pronto iban a sacarnos de todo esto. Y ahora empieza a crujir encima de mí, la tierra espolvoreándome la boca, los ojos, el miedo. Escucho golpes y rugir de máquinas. Quisiera gritarles que vinieran a sacarme pero mi voz se apaga mientras mi cuerpo se atraganta con toda esta piedra.

05 April 2007

La Gota Gorda

“Entonces preguntó quién quería decir su tarea; y nomás El Pin levantó la mano.” “El Pin… ¡ah, ya ni me acordaba de ese güey!… ¿Y qué dijo?” “Pues comenzó con que ‘en el atletismo, profesor, las diferentes pruebas de relevos son: el relevo 4x100, 4x400, 4x800 y los relevos australianos’”. Mientras los dos hombres estallaban en una risa que sonaba por toda la calle, la sombra de las 11 de la mañana en la esquina de Escobedo y Río Bravo se derretía en la luz del sol de junio que quema cada año el desierto en el que se encuentra la ciudad. “¿A poco dijo eso el muy animal?” “Te digo, ese se aventaba cada estupidez que a veces no dabas crédito, me cae”. “¿Y qué fue de él?” “No sé. Me acuerdo que se salió de la secundaria pa’ irse a Topika a trabajar en la carne, ya te la sabes, carnal”. “¿ En las empacadoras que están allá, o qué?” “No, no. Se hizo padrote de su prima Rocío y una de sus amigas. Los tres se fueron p’allá”. “¡Cómo eres cabrón, güey!”, dijo y chisgueteó algo quiso ser una risotada. “No, no te creas. Creo que si se fue a uno de esos mataderos. Dicen que pagan bien por ese jale”. “Pues eso no sé, camarada, porque también dicen que’s mucha chinga y pues uno acaba gastando los dólares que le pagan. Pero lo que sí sé es que ya se nos vino encima el sol y el calor está canijo”. “Si, mejor le gano por una soda”. “¿Qué, ya no pisteas?” “No, el doctor me dijo que ya le parara”. “¡Uy, pues a ver cómo le haces! Apenas comienza el calor”. “Ya ni me digas. Mejor me voy antes de que caliente más”. Se despidió apretándole la mano a su amigo. Caminó por la calle asoleada. Lo vieron pasar frente a la peluquería; siguió caminando y miró hacia dentro de la casa de empeño buscando a la valuadora que recibe a los piadosos, pero sólo se topo con la mirada modorra del policía parado detrás del cristal de la puerta; se pasó la mano por un costado de la cara; frotó su frente: Secó el sudor que ya corría por su cuello, bajaba por su espalda y hacía que se le pegara la camiseta al cuerpo cuando apenas había caminado unos metros. Buscó una sombra al otro lado de la calle, pero el sol y su calor ya pegaban en todos lados y lo único de sombra se daba debajo de los coches estacionados. “Ni modo de arrastrarme”, se dijo. “¿Tiene sodas bien frías?” “Nomás manzanas, la coca acaba de llegar”. “Tsss… Yo quería… no ps… ps deme una manzana. ¿Y si está bien fría?” “Sí, sí... tán heladas. ¿Algo más aparte’e la manzana, oiga?” “Este…” “Don Javier, buenos días. ¿Tiene lonches?”, dijo la voz de mujer que entraba a la tienda. Volteó buscando a la que hablaba. Era la chica de la casa de empeño. Con la mano se secó el sudor de la cara y el cuello cuando la vio paradita ahí en la puerta. “Mira nomás”, pensó. Se hizo a un lado para darle lugar frente al mostrador. La miró casi con miedo. Respiró profundo y lento, sin querer que su nariz chueca silbara como cada vez que se ponía nervioso. Ella no volteó a verlo. “Si, si tengo. Los acabamos de hacer”, le respondió, para luego voltear a ver al hombre que ya sudaba a chorros. “¿Entonces nomás le doy una manzana? ¿No quiere una servilleta también para que se limpie el sudor?” “Este… sí… también, gracias”, dijo y se hizo como que estaba viendo las bolsas de fritangas y los tubos de galletas asegurados a una rejilla que colgaba de la pared a manera de anaquel para la mercancía. Tomó una de las bolsas y el crujido del plástico hizo que ella volteara a verlo finalmente. Fijó su vista en la camiseta sudada que se pegaba al cuerpo de aquel hombre y pensó que hasta podía oler lo amargo de su transpiración. “Éste cómo suda”, pensó ella. “Aquí está su manzana; bien fría”, dijo don Javier. “Ahora si, ¿cuántos lonches le vo’a dar, señorita?” “Dos... por favor”, dijo sin quitarle la mirada de encima al hombre que tomaba su bebida del mostrador y juntaba las monedas dentro del bolsillo de su pantalón. “Oiga, pero no me vaya dar unos que estén viejos porque con el calor ya se hicieron malos”. “¿Cuánto va a ser de la soda?” interrumpió el hombre. “Espérese”, lo cortó seco don Javier. “¿Los quiere con chile, señorita?” La chica de la casa de empeño salió de la tienda. Llevaba dos sandwiches de jamón con queso y en una bolsita tres chiles curtidos que don Javier le quiso regalar pero que ella, al final, luego de no ceder al embate, había pagado. “Se los dejo a peso cada uno; nomás porque usté no me deja ser atento”, dijo el tendero. “Hasta me da vergüenza cobrarle esos chiles”. Pero la mujer no dijo nada. Pagó y se fue. Salió a la calle y a ese sol de junio que quemaba y que hacía que al hombre aquel se le pegara la camisa empapada de sudor al cuerpo y que dibujaba en sus brillos y sus sombras las caderas amplias y redondas de la chica de la casa de empeño que caminaba hacia su trabajo y mientras caminaba con sus “lonches” de jamón y sus chiles de a peso cada uno por la calle, allá, afuera, don Javier pensaba adentro de su tienda lo “rica que se miraba esta muchacha en esos pantalones pegaditos”. Y se lo dijo a aquel hombre que sudaba a chorros y se empinaba la botella de su soda. Era como si su cuerpo se exprimiera solo. Se terminó su manzana. El último trago que le dio fue el más grande: quería apurarse para verla caminar antes de que se metiera a la casa de empeño. ¿Adónde? ¡Págueme la soda!” le grito don Javier. “Ahí le puse la feria... junto a la cosa esa de las paletitas...” “Aquí no hay nada”. “¡Cómo que nada! Ahí lo puse...” “Mire, no se quiera pasar de vivo...” “¡Me cae que ahí se lo puse!” dijo y se acercó al mostrador. “A lo mejor se cayó o algo”. “Mire, ahí hay una moneda de a peso”, dijo don Javier y señaló para la puerta. El hombre seguía sudando. Sentía más calor ahora. Su nariz comenzó a silbar: Shiiiii... Shiiiii. Seguro la chica de la casa de empeño las tiró sin darse cuenta, pensó. “A lo mejor la muchacha esta las tiró sin fijarse”, dijo don Javier. “Está buena la chingá’a, ¿qué no?” Se agachó a recoger las monedas. Tomó una por una mientras al suelo caían gotas-casi-chorros de sudor. Desde donde estaba, el señor de la tienda miraba el trasero de aquel hombre sudoriento que recogía monedas y le empapaba el piso. El hombre terminó de recoger las monedas y las puso en el mostrador. “Oiga, no me dio la servilleta”, le dijo al tendero, que sacó dos servilletas del estante de los chicles a su derecha. Estaba saliendo de la tienda y volteó a buscar a la mujer que le gustaba, seguro de que ya no la vería. El sol de algunos minutos después del medio día lo lampareó por completo. Se detuvo en la puerta queriendo acostumbrar su mirada a la luz. Su cuerpo seguía chorreando. “¡Qué calor hace!” dijo la mujer cuando regresó a la casa de empeño. El policía sólo la miró. Callado cerró la puerta que la mujer dejó abierta. Callado se guardó la invitación que le quería hacer para ir al cine y que callado se la había aguantado por ya casi tres meses. “Al rato le tiro el sable”, pensó, y se quedó callado y volvió a pararse frente al vidrio de la puerta, su reflejo sublimado con la calle y su sol que calcinaba allá afuera. Un hombre entró a la casa de empeño. Él se quitó para dejarlo pasar. Lo escuchó preguntar por “esas arracadas” y decir “mire, esa esclava tiene mi nombre; es de oro, ¿verdad?” “Si”, dijo ella. “¿La quiere ver?” “Sí, por favor”, contestó. “Y pásame también todo lo que está en ese estante, y no te pongas pendeja porque aquí te carga la chingada, nalgoncita”. Volteó. Y apenas lo vio la .38 especial, bala certera, le dio en un brazo, luego en una pierna, luego le atravesó la mano y le entró en el pecho. No sintió cuando cayó. Estaba ya en el piso. Ella gritaba. Él la miró sin entender, sin acordarse. La puerta se cerraba, él escuchó que se cerraba. Luego ya no supo lo que estaba escuchando. Se despegó la camisa del cuerpo, la sacudió un poco y hasta quiso exprimirla. Ya sus ojos se habían acostumbrado a la luz. “Nos vemos”, le dijo a don Javier, y caminó por donde había llegado, queriendo pasar por la casa de empeño para ver a la muchacha aunque fuera de lejos. Escuchó tres tronidos profundos y luego los gritos allá, no lejos, pero si como encerrados dentro de una caja de cristal. Se abrió la puerta de la casa de empeño y él se paró en seco cuando vio salir a un hombre caminando tranquilo con una pistola en la mano derecha, una mochila cargada de cosas en la espalda y una bolsita de plástico con un sándwich de jamón con queso y unos chiles curtidos en la mano izquierda. No había para dónde hacerse. Su nariz silbaba y se apuraba en una respiración sincronizada con retumbar del hueco que sentía justo donde comienza el pecho. La ropa le pesaba por todo lo sudado; no paraba de chorrear. El hombre armado caminó hacia él sin perderlo vista y el otro se quedó quieto. “Y a usted, ¿quién lo mojó?”, preguntó el armado cuando al tuvo al sudoroso a unos tres o cuatro pasos. “Eh... ps... yo sudo mucho”, contestó y se pegó a la pared. “No, no. Ahí quédese donde estaba”, dijo sonriendo, mientras se guardaba la pistola debajo de la camisa, fajándosela entre el pantalón y su piel. “Yo creo que usted me puede resolver una duda que tengo”. Se dio cuenta que ahora también las manos le sudaban. Eso nunca le había pasado. El silbido de su nariz era corto y acelerado. “¿Cuál duda?” preguntó queriendo no preguntar nada. Queriendo correr y queriendo no haber a comprar su soda porque el doctor no sólo le había dicho que dejara el alcohol sino también “las gaseosas”. Le dio risa cuando se lo dijo así. Le dio risa ir a la tienda y pedir “una gaseosa, por favor”, y sólo sentía como sus manos se amarraban en puños y las uñas de una semana sin cortar se encajaban en esas esponjas que soltaban el ’ultimo sudor que le quedaba. “¿Usté sabe cuáles son las competencias de relevos en el atletismo? Seguro que se acuerda de algo”, le dijo y volvió a sonreír. El alarido de una patrulla se acercaba cada vez más. Estaba a dos cuadras y luego a una y luego se siguió de largo porque aquí las patrullas están para no encontrar a nadie. Por eso él, muy tranquilo, volvió a preguntar. “¿Me ayuda a saber o qué?” “Lo...los relevos... ¿australianos?” La risa que estalló en él lo dobló para atrás y para delante. La pistola se le marcaba debajo de la ropa. Y el sudoroso lo miró pasmado, sin saber si reír o correr o volver a contestar la pregunta. El otro sacó la pistola cuando pudo contener su alharaca. “Mire”, le dijo, “si ve a alguien de los de la secundaria, dígales que El Pin los mandó saludar. Y ahora nomás deje le pongo un cachazo para que no lo crean sospechoso”. El Pin dobló la esquina y dejó atrás al sudoroso que se recargaba contra la pared, su camisa pegada al cuerpo de húmeda recibiendo las primeras gotas de sangre que le salían de la herida en la cabeza.

21 March 2007

Escrito sin título y publicado un día de hace unos cuatro años en una revista chilanga

Domingo de Ciudad de México. Cayendo sobre calles, casas y árboles, el sol se brinda en las postrimerías de la tarde. Es 1984 (¿coincidencia forzada? Sólo para los iniciados). Llevo cuatro años de vida, pero ya hago uso de alguna conciencia escueta y memoria vaga. Aunque ya hubo alguien que me dijo que los recuerdos de la infancia son sólo imágenes que fuerzan los padres en nosotros o aglomerados de diferentes experiencias repetidas. Pero ahí no estaban mis padres.

Era la Colonia Pensil, calle Lago Gran Oso, en dónde mi primo, Alejandro, recién termina de lavar su Valiant ’79 rojo con blanco. “Dancing with myself/ I’ma dancinin’ with myself”, nos decía el Billy Idol que cantaba en Rock 101 y Alejandro pasaba el trapo sobre el cofre del auto como Karate Kid encerándole y puliéndole las naves y el piso al señor Miyagi. Yo lo miro y pienso que algún día estaría chido ser como él: puro rocanrol y lo bastante suave para dejar a sus primitos cotorrearla con él. A mi lado está Edgar, mi carnal, vestido con una playerita de los vaqueros de Dallas y un Levi’s de mezclilla azul. Se divierte jugando con sus manos, sin saber que hay más vida por vivir, libros por leer, que un día se va a ir de la casa y otro día iba a ser doctor, y otro el “Cuatro Caminos” para sus compañeros de celda.

Cuando el “Spanky” termina de pasarle la franela a la nave, nos mira sonriendo perverso y brillante. “Trépense”, Alex dice. “Vamos a darnos un volteón con la banda”. Mi carnal y yo respondemos de volada con todas las ganas de explorar ese “no te juntes con tu primo” que siempre repetía mamá. La máquina se enciende, se abre la puerta y salimos tendidos por todo Legaria hasta Tacuba, mientras AC/DC nos lleva derechito al infierno. Unos metros después nos incorporamos al Circuito Interior con rumbo a Clavería, en Azcapotzalco. Agarramos la salida a avenida Invierno donde nos clavamos a la lateral, para, unos metros después, dar la vuelta a la izquierda. Justo en la tercera cuadra, casi en la esquina, el “Spanky” detiene el auto y me dice que le grite bien fuerte al “Willy”. Pasa poco para que chiflido descienda hasta nosotros. “Ya estuvo,” dice el “Spanky”, metiendo la reversa para acomodar el carro. Volteo a ver mi hermano, está dormido y tirando baba en el asiento. Mi primo no hace mucho por despertarlo: lo saca del carro, lo carga con el brazo derecho, entra a la casa y sube con Édgar jetón.

En la azotea nos esperaba el “Willy”. “¿Qué paso, pinche Spanky? ¡Con que sonsacando a los monstruos del hogar, eh! Pinches chavitos van a ser bien alivianados”, dijo Willy, mientras entrábamos al cuarto de la azotea. En las paredes había recortes, posters y portadas de discos de Van Halen, Led Zepellin, Black Sabbath, Willie Chirino, Ruben Blades y algunas mamacitas de calendario de mecánicos. Yo jugaba a asomarme por las ventanas y Édgar despertaba sin saber dónde estaba. El humo comenzó a nublarlo todo. Creo que era mariguana, pero no sé.

Toda esa tarde de calma se iba coloreando y sazonando con lo mejor de la salsa tropical que tocaba el sonido de Amistad Caracas. El rock entró justo al caer la noche. Es domingo y hay que vivirlo. Yo no quiero despertar. Quiero quedarme ahí, entre las nubes de ruidos placenteros. Son deleites alivianados que me llevan más lejos de todo. Entro a un mundo de espirales psicodélicas y olores penetrantes. Soy enganchado por el poder de Judas Priest. No parecía haber mejor banda. No parecía haber mejor tiempo. Cierro los ojos y siento que un sudor corre por mi pequeño y agitado cuerpo. Siento que algo dentro de mí quiere salir. Golpe tras golpe mi pecho se siente reventar. El galopante corazón irradia su vital rocío a todo mi sistema. Estoy demasiado alterado. Mis venas se llenan y se vacían a cada paso del segundero. Los vapores que me envuelven se tornan intensos y no permiten que me suelte. Y quiero seguir. No sé a donde voy. Recorro un limbo en donde suenan, a la distancia, rolas de U2, Depeche Mode, The Cure, David Bowie y la Maldita Vecindad. Brinco en el tiempo. Todo da vueltas en colores rojizos y en nublados tóxicos obscuros. Avanzo de manera vertiginosa; comienzo a irme de cada uno de mis sentidos. Soy el escupitajo de una saliva sabor chicle motita. Me rozan los rastros del tiempo que atrás dejé. No temo; quiero enfrentar a lo que venga. Estoy listo para cualquier cosa. Mis brazos de niño roncarolero serán las armas de mi defensa. Sé que está por llegar. La espiral me empaca. El tubo se hace más y más angosto. Sus paredes queman sin herir. Mi liviano andar se torna lento hasta que finalmente me detengo en lo más estrecho.

Volteo. Veo al silencio, y detrás de él una densa cantaleta se me deja venir con fuerza, “Capitán, fue por culpa de ese tonto capitán”, gemía Claudio Yarto y su pandilla de Caló. El golpe sólo es una luz que introduce al “Ice, ice, baby” de Vanilla Ice. Cuando todo eso que también me formó ha desaparecido, comienzo a pensar que no habrá nada más. Pero, uno o tres instantes después... De algún lugar que no conocía comienza a acercarse un susurro que toma forma en un instante. Tom Verlaine hace sonar su guitarra y el grupo Television deja caer su Luna teatral sobre mis huesos. Cadillacs en panteones, en días y noches en que los truenos revientan contra ellos mismos. Un hombre que me habla del ser y del estar. “Sin sonreír, sin llorar,” me dice con la voz de vos.


No habrá más besos de la muerte, y jamás desearé esos abrazos de la vida. Todo pasa en paquetes de soles que vagan por la noche y que chocan, uno a uno, contra mi frente que suda toda mi infancia. El resplandor de todo ese sueño me apabulla, me rompe, me rasga, me quiebra, me forma en otro barro, en miles de maíces. De pronto, de pronto nada. Vuelvo a salir y lo veo todo. Es de noche cuando despierto en la calidez del verano Juarocho. Han sido un par de años desde que me salí de mi rincón en Naucalpan. Nada será igual que antes. Alejandro es una abogado penalista en el DF. Mi hermano estudia medicina y juega con el tiempo. Todo lo veo desde la cara que nunca me dijeron que visitaría. El cielo comienza a deslavarse y es tiempo de abrir los ojos. Me levanto con una extraña energía que pensaba haber dejado atrás. Mientras me incorporo del frío mosaico del piso, me doy cuenta de que una vez más se le hizo tarde a mi alarma. Sus números rojos dicen que son las seis de la mañana menos dos minutos. Y ya nada es igual. Son un par de pasos los que doy hacía la silla que uso para abultar la ropa sucia y otros trapos. El despertador comienza a sonar mientras me dirijo a la puerta del cuarto. Son las 6 de la madrugada. Eso es una vil mentira. Mi madre me enseñó a adelantar la hora en esos aparatos por lo menos 30 minutos, por eso de las sorpresas catastróficas (Colisiones de aviones en edificios o golpes de estado patrocinados por la CIA). Pasa el par de minutos que complacen a mi instintivo engaño y es 95.5, KLAQ, una estación de rock local, la que suena a todo volumen. Dan los buenos y americanos días y se van a canción, es Judas Priest quien rompe toda ley y me provoca una mordaz sonrisa. Tomo mi toalla, apago la radio y me dirijo a la regadera. Tengo mucho que escribir, y mucho más que leer.


Hasta el momento de terminar esta alucinación me encontraba en un estado muy raro. Hay días en los que me siento vacío. Casi puedo ver lo rojo de los músculos y la sangre contrastando con el blanco de los huesos. Todo tiene un resplandor especial, pero no hay nada que lo llene y le dé vida. Es como verse muerto desde adentro. Es muy feo sentirse así. Tengo la incertidumbre de estar dando el último paso a cada instante. Pero todo pasa con la medicina de la vida. Unos se curan y otros dicen ya no más. Y mientras sigo en esto me pongo a escuchar unas buenas rolitas. He tenido mis dosis de Genesis, Rush y Can. Pero de eso poco puedo hablar. De vez en cuando me quedo en el primer minuto, perdido. Los 19 minutos restantes me quedan para aterrizar sin daños “aparentes”. Cuando se me pasa el viaje ese me gusta digerir algo más mundano. UNKLE me puede entretener mucho últimamente, en especial “Lonely Soul”. El viaje es sencillo y directo. Sueños para ambos, tú y tú, tomados de la mano, volando sobre la muerte, caminando la vida. Y así nos alejamos todos, sin secretos ni fórmulas de nombres inventados. No he encontrado nada nuevo que me provoque. Radiohead me atrapa siempre con cualquiera de sus discos, menos el Pablo Honey. No es que no me guste. No lo tengo. Le he dejado de dar vueltas al Hail to the Thief. Siempre pasa lo mismo. Creo que decido darle un descanso a las cosas para después encontrarles el verdadero saber que cargan. Es como si lo extrañara.

14 March 2007

Bailando puras rancheras

Creo que ya le agarré el patín a esta. Me dijo que la esperara y ya sé que va a llegar tarde. Qué digo tarde. !Tardísimo! Y yo con el hambre que traigo. Además tengo que volver al trabajo. Ya me dijo el patrón que coma más rápido o que si no al rato no voy a tener ni pa´ comer. Pero cómo me gusta esta potranca: grandota, güera, bronca, y se ve que sabe amar como muy pocas. Nomás por eso la espero y no por otra cosa. Porque ya sé que lo quiere es que nos casemos. Pero yo de pendejo caigo en esa. Si me quiere, nomás así me tiene. Además yo ya le prometí a Zujaira que me iba a casar con ella. Y ni modo de echarme p’atrás. No es de hombres eso. Esta potranca está buena para tener otra opción. Los ricos se van a pasear a lugares lejos de donde viven. Yo no soy rico y está cabrón que lo sea. Por eso la espero. Cuando me harte la Zujaira me voy derechito con esta potranca y me doy la vuelta por sus piernotas, ¡macizas que están! Y si ya llegué a las piernotas, pues seguro que es porque ya vengo de más lejos. ¡Ah, cómo me gusta esta potrancota! Si lo supe desde que la vi bailar en el Rodeo de Noche. Se tomaba la tejana y movía las caderas (¡qué caderas!) que daba miedo. Y se me quedaba viendo y yo a ella. Ya sabía que yo que si jalaba. Y jaló. Pero no quiere soltar todo. Por eso la estoy esperando; porque yo sé que nomás que sepa quién soy ya no se me va. Y no la suelto. Pero así a la distancia. Quieta. Que no me de mucha lata y que esté ahí pa’ cuando se necesite... Nomás. Así que ahorita le cuento los minutos para después yo cobrarle. Pinche güerota, nomás porque me gustas un chingo...

02 February 2007

Ahí andamos llegando...

Decimos muchas cosas de la muerte, mientras ella sólo nos repite el mismo discurso todos los días. Uno a veces pausado y a veces abrupto, que nos roba a de un solo golpe. Discurso que no entendemos y que de nada nos sirve aceptar o rechazar. Al final, la muerte, y ninguna otra cosa más, nos carga, nos seca, nos guarda dentro de su bolso y deja de acordarse de nosotros. Sigue caminando aunque nosotros pataleemos, gritemos o chillemos implorando por media hora más para echarnos unos últimos tacos o acostarnos con ese amor que dejamos atrás. Viéndolo bien, es probable que no sea la muerte la que nos molesta sino la incertidumbre. Poco sabemos de cierto sobre todo lo que decimos de ella. Lo único cierto es que no volvemos y por eso la calificamos: Es una muerte puta; es una muerte bárbara; es una muerte trágica; es una muerte voluntaria; es una muerte nunca a tiempo; es una muerte piadosa; es una muerte exquisita de domingo en la mañana cuando el cuerpo y todo lo que carga adentro sigue dormido y ella nomás se acerca a tu miocardio, a tu aneurisma, a tu vejez siempre prematura para decirte fulminante, “no te levantes, honey”. Es una muerte densa, rancia, perfumada, inquieta, otoñal, silente, cazadora. Es una muerte de colisión a exceso de velocidad sobre una calle en la que apenas cabe el auto en el que tú venías pisando el fierro hasta el fondo y aguantándote las ganas de vaciar la vejiga antes de salir disparado atravesando el parabrisas y aterrizando sobre el camino aún ebrio, aún con sueño, aún con esas pinches ganas de ir a mear todo lo que te mamaste con tus compas en el bar que acostumbrabas hasta esa noche. Tu sangre, tus huesos hechos pomada y los últimos respiros que puedes dar se mezclan con la orina que sale ya sin ninguna restricción, humedeciendo tus ropas y tu piel que ya poco puede sentir. Y te mueres batido en tus meados sanguinolentos y alcoholizados. A lo mejor estás más prendido mirando pasar frente a ti esos “instantes maravillosos” de tu vida igual a la de los demás antes de secarte en la muerte. Es una muerte que toma café y fuma sin filtro. Es una muerte que va al gimnasio para no morirse. Es una muerte de llamadas de larga distancia. Número ocupado. Es una muerte barata, pero nunca en oferta como la pendeja y buena para nada de la vida. La muerte no avisa pero siempre dice que ahí está. Muerte ladrona; muerte dolosa, alevosa, odiosa y rijosa. Una muerte indecente. Una muerte desatendida. Nosotros hablamos y hablamos. No queremos hacerle caso. A veces nos tamborilea en la oreja, nos aprieta el pecho, se come nuestra sangre o vomita en nuestros sesos. La muerte ni escribe ni canta; Es marchante; es la “pásele, güera ¿qué va llevar?” en el mercado y nosotros somos la manzana que completa el kilo. Y por eso agarra a quien sea para echarlo a su mandado. Pero es la falta de práctica en eso de morirse lo que nos blinda de cualquier aviso. Debería ser obligatorio morirse por lo menos dos veces para que así sepamos lo que se siente y se lo contemos a nuestros amigos. Por ahí hay quienes dicen haber estado muerto. Que vieron luz; que vieron familia, que vieron su vida. Si hay muchos que no la vemos pasar, creo que sería más difícil que la viéramos irse. Aunque quizás tenga algo de cierto, porque cuando llega la muerte se nos va la vida y su recuerdo.

Pisando

Estaba una paloma encima de la otra. Yo las miraba desde atrás de la ventana y ellas seguían en lo suyo. Abrí un poco la persiana y ellas giraron como queriendo evadirme; sólo estaban danzando en su instinto.

27 January 2007

JaJa los Lugares Comunes


Me río de mí mismo porque me veo sentado en la barra de algún bar, sobre un banco alto, alto, apoyado en la madera escribiendo, o queriendo escribir, en la libreta que siempre cargo, y con la pluma que nunca olvido, algún verso sagaz e interesante que despierte a las masas adormecidas por el sistema y que traiga a la gente de vuelta a este mundo de los sentimientos que dejamos de lado por lo material y práctico que a la postre siempre resulta en la perdición de todos nosotros y deja un mundo hueco y frío en donde las reglas jamás pueden romperse ni se puede pensar de cualquier chispa de la imaginación, de esas que hacen que los boletos del fútbol y el ansia que se crea en los días que no hay juego, valgan lo que cuestan y aseguren el equilibrio de todas las cosas que habitan con nosotros este planeta. 

Me río porque pido un vino rosado para recordarla en su sabor y aroma cuando ella no sabía de vinos y usaba perfumes que apestaban a azúcar cocinada, olor que se va de mi mente luego que enciendo el cigarrillo para ahogar con su humo el dolor que ni el mismo cantinero pudo apaciguar con sus sabios consejos y ardientes brebajes en esta noche de hostales vacíos llenos de corazones solitarios en busca de esa verdad que nadie más entiende y que a veces abandona y otras veces abona por lo que se va a llevar cuando le toque partir para brillar en otros rostros con la misma crueldad fugaz con que lo hizo ante nostros. Si, de eso me río.

23 January 2007

On Hume's "Of the Standard of Taste"

Hume understands as taste that which characterizes a culture from the others. To him, what “departs widely from our own taste and apprehension” we call it barbaric, and he acknowledges that this feeling reciprocates on the other side as well. Hume argues that this creates two “right” sides clashing because of the generalities guiding them. And this happens not only among societies but also between individuals. To solve this struggle, the critics, philosophers or legislators, create a set of rules or, as he sees them, generalities that only restart the conflict because they try to limit the individual’s sensitivity. Nonetheless, Hume tells us that there’s, deep within, a universal and natural agreement among men that doesn’t really need the assistance of these laws. Strangely enough, Hume rants against Islam and call it a “wild and absurd performance,” when this religion takes from the Judeo-Christian tradition and in essence follows and worships the same Good. His writing keeps on turning more and more romantic when he assures that “all sentiments are right.” From this we can conclude that he’s claiming that the individual is above the mass just because he/she feels and puts reason apart. This common person is capable of grasping the GOOD, which differs in subject but not in meaning: what’s pretty is pretty only to you. Variety in taste is greater in reality than in appearance, he says. Some of us might think the speed limit unfair because we feel like driving 120 mph on the Border Highway. Not that I have done but I’m quite certain that it feels amazing to step on the gas while your engine explodes with every revolution. I meant to say that some like driving fast and other don’t even like driving. But Hume argues that the creators of generalities mean to label things, sentiments, and the relationship between these two. This doesn’t mean that they understand these relationships, but need to explain them somehow. As Dr. J told us, “thunder is angels pillow fighting.” He tries to show his point when he writes that Homer and Fenelon characterize a contrasting version of Ulysses. This seems to be problematic. We could certainly doubt that the latter author wanted just to mimic the classic Greek poet. All this concepts, or generalities, mean nothing to Hume; they’re empty to him because they could mean everything but what every single one of us really feels toward something. That these sentiments are right is explained only, according to Hume, by the different sensations an object provoke on different people. Your significant other may be pretty to you, but your mom thinks he/she’s a stinking good-for-nothing. Could we say that both are right? What if mom finds out just the opposite or you stop admiring his or her prettiness, I mean, loving him-her? He also argues that we cannot trust these laws because only in exceptional cases men concur in certain generalities that follow nature, a sort of random nature. And part of this hit and miss in nature translates in human behavior as the diverse tastes or sentiments. It’s through the experience of these sentiments how we get to The Good. Experience is the foundation of all understanding for Hume, and is the only vehicle to reach the capacity to discern. Analytical processes or putting “works reduced to geometrical truth and exactness, would create insipid and disagreeable.” For him the critic should be free of prejudice. But according to Hume, the critic is that one well-experienced individual capable not only of discerning what’s good from what’s not, but also the one that leaves behind the morals and acts according to its own passion, for that is what is true, claims Hume. In his take against philosophy, Hume says that “none of the rules of composition can be fixed apriori,” meaning that nature is unique and mysterious. His sentimentalism is so big that it takes him to assure that all the youth has warm passions, while older people start to analyze and “philosophize.” Thus we understand that old people are obsolete? That modernity and innovation is at the core of The Good? Just wondering.

20 January 2007

Dormido

Nos arrestaron por algún desacato al orden. No íbamos esposados. En ese mundo había códigos de honor y la tranza era muy mal vista. Así que Armando y yo sólo caminábamos hacia el centro de justicia que quedaba al otro lado del puente, en lo que un día fue la entrada a Estados Unidos, bajo la mera vigilancia de dos policías. Pero justo a la mitad del puente, cuando ya parecía que Armando y yo asimilábamos nuestro castigo, aparecieron Ramón y su novio y la novia de su novio. Ramón abrazaba a su novio desde atrás y caminaban con mucha sincronía para no pisarse en ese momento. Se reían y se comentaban cosas al oído. La chica a veces brincaba a su alrededor y reía más sonoramente que ellos. Cuando dejé de verlos para voltear a ver por dónde iba, choqué con un hombro de Armando. Estaba congelado frente a un gran estandarte de la virgen de Guadalupe. Tras él se venían aglutinando cientos o miles de personas, todas cantando, orando, y pidiendo algo al cielo. Ramón, su novio y la novia de su novio siguieron de largo. Cuando Ramón pasó junto a mí dijo simplemente, “ámonos, güey”, mientras él seguía de largo. Yo lo seguí y jalé a Armando que pronto se dio cuenta de que nos íbamos. Volteé y vi a los policías boquiabiertos y asombrados por la demostración de toda esa gente. Nosotros bajamos el puente, cruzamos sin ningún apuro y bajo ninguna sospecha y nos fuimos a una oficina que Ramón y su novio y a la novia de su novio tenían en la esquina de Segunda y Ochoa. Ramón se sentó y, mientras rolaba un carrujito, nos dijo, “ustedes no saben leer”. Armando se indignó. Yo quise contestar algo. Pero ahí se acabó este sueño.

18 January 2007

El Viejo y el Alumno

"La razón descansa en los brazos de la pasión", repitió en voz baja esa frase justo cuando le vino a la mente. Y le vino a la mente justo cuando el viejo al otro lado del salón abrió la boca. Le pareció estúpida, como siempre. Pero no pudo pensar en otra cosa mientras escuchaba al viejo hablar de la "sublimación del alma" a través de "las manifestaciones del arte".

"¿El alma? ¿Qué es el alma y para qué chingados sirve? ¿Sublimarla?" Él quería decir algo pero sólo pensaba en que "la razón descansa en los brazos de la pasión." Cada que quería juntar, no ideas, sino apenas palabras para mandar al viejo a la chingada, le venía esa frase a la mente. Y al parecer el maestro esperaba a que dijera algo, como si él mismo supiera que lo que el viejo decía fuera un completo disparate. Sin embargo el alumno quería evitarse el bochorno de decir "La razón descansa en los brazos de la pasión" en voz alta porque estaba más que seguro de que era una completa tonetería. La mera idea le daba asco.

"El motivo de todo arte", continuó el viejo, "es el de hacer que el alma trascienda; llevarla más allá de los planos intelectuales y mecánicos. Porque la mente es apenas una máquina y más allá de ella está el alma".

"¿O sea que este pendejo está diciendo que quien usa la razón para escribir no es más que un robot?" pensó el alumno. "Pero... la pasión descansa en los brazos de la razón... Ah, qué la chingada!" El alumno se encogió en su asiento. Buscó algo de sentido en esa frase, aunque le era imposible creer que la estuviera cavilando.

Primero pensó en una voz. Era una mujer. Decía su nombre. Le pedía que le hiciera el amor. "La razón descansa en los brazos de la pasión, querido". Era ridícula e insaciable. Lo llamaba por las noches cuando él ya estaba dormido. "¿Acaso le desperté?" preguntaba. "No, no; te estaba esperando", decía lleno de sarcasmo y enfado, pero ella al parecer lo tomaba como un avance más en ese romance que trabajaba ciegamente todos los días. Y él la aborrecía por todas sus cursilerías y porque desde el principio le dijo, y lo hizo solamente para presentarse como una mujer interesante, de eso él estaba segurísimo, que "la razón descansa en los brazos de la pasión".

Era estúpido. Pero... quizás, pero... Si, era estúpido, pero él había cedido a final de cuentas. Fueron una, dos, quince, muchas veces a lo largo de tres años las que se vieron para tener sexo. A ella le gustaban las rosas y las camas que rechinaban. A él le hacía falta alguien con quien acostarse. "La razón andaba muy solitaria", se dijo. "Estamos hablando de un medio por el cual nuestra alma trasciende, va más allá de los planos terrenos... mundanos... para entregarnos a esa luz cósmica que nos sublima como la única especie capaz de llegar a ese estado. Porque cualquier animal piensa, pero no cualquier animal hace arte..." Fue en el silencio que le siguió a esa declaración cuando el alumno miró al viejo detenidamente, como francotirador que ha fijado ya bien su blanco.

"La razón...", dijo, y el viejo lo miró sorprendido porque hasta ese entonces sólo él había hablado. "La razón no puede someterse a esos dogmas intangibles. ¿Me va a decir usted que uno vive para sublimarse y no para pensar? Hacer eso de la 'trascendecia del alma' es simplemente crear un nicho para clasistas intelectualoides que buscan una supremacía 'divina' originada de esos movimientos románticos que parten de afirmar que todo sentimiento es único y verdadero y que por ende la ciencia y la razón no son capaces de encasillarlos porque se encuentran en un nivel inferior a esta supuesta 'sublimación' a la que usted alude. De lo que usted habla, señor, es de alejarse de toda forma para darle un sentido 'espiritual' al arte cuando, déjeme decirle en caso de que no lo sepa, no hay peor blasfemia que crear santos cuando los que ya tenemos no sirven de nada. El alma podrá ser inmortal, pero eso depende de lo que uno hace aquí por los que estamos aquí y no por hablarle a alguien que definitivamente no está ahí para ninguno de nosotros".

El viejo tomó tranquilamente su sombrero y miró al joven brevemente, como si esa fuera su única respuesta.

"¿Alguien da otra opinión?", preguntó el maestro.

03 January 2007

Salaam

"Can you, then, consider it power at all when a man cannot ensure that someone does not inflict on him what he can inflict on others?" Boethius.

"FAUSTUS—Come on, Mephastophilis, what shall we do?

MEPHASTOPHILIS— Nay, I know not. We shall be curst with bell, book, and candle." Christopher Marlowe, Doctor Faustus

No terminaban aún las fiestas de fin de año, cuando el “autónomo sistema de justicia” iraquí le entregaba a George W. Bush un regalito para cerrar el 2006: la pronta ejecución del ex dictador Saddam Hussein un día antes de que culminara el calendario. Las posturas ante este sacrificio son diversas. Hay quienes lo toman como una venganza de los Bush luego de que Hussein se les saliera del guacal a principios de la década de los 90 e invadiera Kuwait, queriéndoles tumbar el negocio del petróleo. Otros, los más ciegos (por no decir estúpidos), ven en la muerte del iraquí el fin de un peligro, la desaparición de uno de los villanos amenazando la libertad y la felicidad, conceptos poco entendibles y que sólo se materializan en productos de consumo para quienes aseguran esto. Para otro sector, el ahorcamiento de Hussein ni siquiera se debió de dar; a final de cuentas las acusaciones, sospechas y la posterior invasión que dio paso a su captura hace poco más de un año, fueron, además de inexistentes, ilegales. El entonces Secretario General de las Naciones Unidas, Kofi Annan, siempre se negó a aprobar las acciones bélicas incitadas por Estados Unidos, quien se acompañó de un grupo de naciones mercenarias que no buscaban la paz y la seguridad mundial sino sacar jugo del “tesoro” subterráneo iraquí. Cabe recordar que los crímenes que se le imputan a Saddam se dieron siempre bajo el visto bueno de la administración estadounidense del nefasto Ronald Reagan. Resulta irrisorio que más de dos décadas después se busque recordar a las víctimas de sus atrocidades, como nos lo pide el recién estrenado, y muy promovido por EE.UU., Secretario General de las Naciones Unidas, el coreano Ban Ki-moon. Con esto, se da un giro total a la posición que la ONU había tenido respecto al conflicto y se vislumbra un apoyo manifiesto del organismo hacia las hostilidades en el medio oriente.

Saddam Hussein pasa así a la historia como el Fausto que lo quería todo y le vende su alma al diablo para obtenerlo. El sábado 30 de enero, mientras Mefistófeles dormía en su rancho de Texas, el cadalso lo recibió para saldar así la cuenta y demostrarnos que el que le apuesta a los malos siempre acaba mal.

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12 December 2006

Just Kickin’ It

Just Kickin’ It


“Felices unidos, el fútbol del mundial.
Nos dan de comer goles en vez de frijoles…"
Patético cuadro, Tijuana No!



Sunday. For many football fans it’s nothing but a splendid day to sit on their couches and watch football. Forget the NFL or any other “weekend nation” you have in mind. It’s the one you actually play with your feet. Yeah, yeah, ok, soccer. But, as Brit comedian Eddie Izzard puts it, “This is football we're talking about here, which you [Americans] call bananas and you're reluctant to play it.” Let’s straight things out, how can you call football a game in which you handle the ball with your hands 99 percent of the time, huh? There’s already a handball, so refrain yourself from jumping to any deductive reasoning and face the facts.
Well, enough of that. And back to Sunday sunny Sunday and to the delicacies of world-class football that cable services around the globe cater, after a “reasonable” fee, to patrons in bars, in pubs, in cantinas, and in the “intimacy of your home,” just to quote many of the cheesy anchors and sportscasters on radio, TV, and the Internet. It’s not only the delight fans feel out of watching top-notch athletes in shorts doing magic with the ball on the screens or from the stands; to many, their tricks bring back childhood memories of games played in the street along all those faces and names they won’t see or recall ever again. Those were times in which team identities were created and every body shared the pride of being player number 12 in the roster of such and such squad. Children with the only purpose of enjoying the game and somehow thinking of once running on the same pitches our heroes did, defending the colors they defended, the tradition we shared with them, the team that made us one. Boys that ran on pavement fields behind the ball, turning into what Eduardo Galeano describes as the “dancer prancing with a ball as light as a balloon that flies away in the air and the ball of wool, playing not knowing that it’s playing, without a reason and without a clock and without a referee” (Galeano, 2002). It was primeval freedom.

07 December 2006

Visita Frontera Presidente Legitimo

Ciudad Juárez—El gobierno itinerante de México defenderá los derechos de quienes cruzan la frontera para encontrar trabajo en Estados Unidos, dijo Andrés Manuel López Obrador ayer en su visita a esta ciudad fronteriza.

“Es una desgracia que tengan que irse del país”, dijo López Obrador. “[Envío] mi cariño y apoyo sincero a nuestros connacionales y les digo que no nos olvidamos de ellos. Vamos a velar y luchar por sus derechos”.

López Obrador dijo, además, que dentro de las primeras medidas que tomó su administración, fue la de enviar un presupuesto a los diputados en el Congreso para el año 2007, en el que se contempla un incremento en lo que la federación aporta para los estados y municipios.

“No es posible que las ciudades fronterizas sean de las que tienen más crecimiento económico, pero sigan careciendo de infraestructura, bienes y servicios porque se les dice que no hay presupuesto suficiente para ellas”, dijo el presidente itinerante.

Luego de casi nueve meses de ausencia en esta frontera, López Obrador reunió a poco más de 600 personas en un salón del hotel Suites Paseo para vitorear y escuchar su mensaje.

“Vine porque quiero decirle que nosotros, los jodidos [sic], estamos con él y apoyamos su proyecto de nación”, dijo Baudilio Regalado, de 65 años, y residente del poniente de la ciudad.

Casi dos horas antes de que comenzara el mitin, adultos mayores, mujeres con niños de la mano y hombres con caras curtidas por el sol, todos simpatizantes del izquierdita perdedor de las elecciones de julio pasado, según dictaminó el tribunal electoral de este país, llegaron al lugar cargando pancartas con leyendas que decían “No estás solo” y coreaban cánticos como, “Es un honor estar con López Obrador”.

Adentro del recinto, colgada en una de las paredes cercanas al estrado de donde se daría el discuros, una gran manta mostraba la imagen de López Obrador sentado en una silla presidencial y portando la banda tricolor de la presidencia legítima, misma que se le confirió en la Convención Nacional Democrática del 20 de noviembre pasado en la Ciudad de México.

A la 1:48 p.m. la espera terminó para los inquietos.

López Obrador descendió de la camioneta que lo transportaba rodeado por guardias que buscaron infructuosamente impedir que la gente jalara y tocara al presidente legítimo de México, denominado así el 20 de noviembre pasado por la Convención Nacional Democrática en la Ciudad de México.

López Obrador dijo que su visita se daba para invitar a quienes de manera voluntaria se quisieran adherir a su movimiento que busca defender al pueblo y su patrimonio.

“Vamos a echar a andar un plan que defienda los derechos y logros laborales”, dijo. “No aceptaremos una política fiscal que sólo privilegie a los pudientes y cobre más impuestos a los pobres”.

Al final del acto, los asistentes entonaron el Himno Nacional Mexicano y se acercaron a López Obrador, que entró igual que como salió: apretujado por la veneración de sus fieles.

06 December 2006

Revolution Rocks?

Though in a different context to what happened a century ago, Mexico's living an era of social dissatisfaction and partition. The idea of a revolution woos the mind of those who would like to see or of those who are in fear of a true coming of social equity within the country. But, and that’s where this context differentiation is notorious, today’s discontent is not shared by a large number of those who are afflicted by the strangling and invisible hand of globalization. Reckon firstly that 10 percent of Mexico’s population already lives in the U.S. The cynical eye might think that this is a twisted plan to recover the territories lost to the U.S. in the mid 19th Century, or that Vicente Fox’s platform of social benefit and economy activation dwelled in exporting cheap labor to the aforementioned regions. That’s one of many factors opposite to early 20th Century Mexico. In those days the only exiles were leftwing intellectuals who actually developed plans and even movements to throw out then dictator Porfirio Díaz. Today Mexico’s intellectuals living abroad are, mainly, getting their “market” education (mere managerial training) in U.S. and European institutions to later come back and manage transnational interests and set commercial-friendly policy. At the same time, the poor and the lower middle class are mentally devoid or alienated from their condition chiefly by the system’s agenda setters: mass media. It is easier and more comfortable to stay home and watch girls in miniskirts kissing fly guys on every telenovela (soap operas) than acquiring vital information for the development of national processes and democracy, if such a thing exists. TV and news corporations (information as a product and not as a tool, hence marketable) shape the mind of millions and present us a show in which the bad ones are always those complaining, suffering, dying, and fighting for their rights. They fight their wars but their wars always win. The shapeless monster of public opinion keenly attacks our desire of belonging and in just a split second Mexico’s all right and those victims of injustice only want to create havoc and disturb the minds of the good Mexicans. Religion also plays a factor contrary again to what happened in the early 1900’s. Mexico is almost 100 percent catholic. A superstitious society cannot progress when a superstitious party holds over the reigns of the nation. Hence any idea of community progress or social good, which are more Christian than Christianity itself, seems to hit hard the mind of those safeguards of morality, values, and tradition. Finally, parsing history is crucial to weigh the chances of another revolution. The Mexican conflict of 1910 was heavily promoted and seen as a chance for many bourgeoisies starving for more power than the one Diaz gave them. Today, the only “right” distribution we find in Mexico is in the power allocation. A hundred years ago, people watching the revolutionary movement talked about a regime change as they did in 2000 when Vicente Fox won the presidential election and ousted long-standing PRI from the highest seat in the nation. Here is where we probably find one of the few, if not the only similarity with the social movement of a century ago. There hasn’t been a shakeup in the old structures. In 1910, those ministers who saw their compadre Diaz step down welcomed the new president just to change offices: the people was betrayed. Today, six years after the well publicized change to “democracy,” Mexicans keep on seeing the same faces and the same consortiums applying the law of the few over the majority. There’s no room for a revolution where Sunday soccer is more important than voting: There’s Football nations everywhere.

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05 December 2006

¿Precisos?

Para los mexicanos la fiesta del fin de semana se debió al “puente” sexenal, lo único que el país le puede agradecer a la carpa política mexicana que mantiene con sus impuestos. La toma de poder de Felipe Calderón se dio ante la rechifla de muchos y los vítores de otros tantos. Ya desde unos días antes se escuchaba en algunos círculos el clásico “si se puede” que fascina entonar a las gargantas mexicanas en los estadios de fútbol. El PRD amenazaba con impedir la toma de protesta del panista, que ya desde unos días antes montaba shows para presentar a sus “mexicanas y mexicanos” del gabinete. Hay quien dice que ese canto, el “si se puede”, es simplemente reconocer la imposibilidad de una victoria, tomar una derrota en la que se pierde todo y principalmente el estilo. El análisis de la tragedia mexicana será seguramente motivo de otro estudio. Lo pertinente ahora es ver la conformación de esa continuidad que tanto defendieron los panistas y quienes apoyaron a Calderón para llegar a la presidencia. Pero ya de arranque se ven muestras de lo que pudiera ser el próximo gobierno mexicano. Causó mucha controversia el nombramiento de Francisco Ramírez Acuña, ex gobernador de Jalisco. Bajo su administración se dio la fuerte represión a grupos altermundistas que protestaban durante la realización en Guadalajara de la cumbre de jefes de estado y de gobierno de América Latina, el Caribe y la Unión Europea en mayo del 2004. Estas acciones provocaron que varias instancias internacionales y del mismo país, como Amnistía Internacional o la Comisión Nacional de los Derechos Humanos, responsabilizaran a Ramírez Acuña de estos abusos. Se ve entonces que “los pacíficos” vienen con mano dura.

Dentro del discurso que se dio en el acto final que se celebró en el Auditorio Nacional de la capital mexicana, Calderón habló de sus planes para México. Resalta una frase muy engañosa. Y es que el presidente aseguró que convertiría al país en un nación “competitiva” en el mercado global. Habrá quien se muera de gusto por esta simple idea, pero si se analiza bien esto se dará uno cuenta que pocos serán los beneficiados. Esta concepción posmoderna de la aldea global concibe como competitivos a aquellos lugares en los que los sindicatos labores no existen, las regulaciones y derechos de los trabajadores son nulos y los salarios pesan menos que las migajas de un bolillo. Por el bien de México, se le debe dar el beneficio de la duda a Calderón—no queda de otra—. Pero debemos recordar que cuando muchos mencionaron continuidad (más de lo mismo) se incluía en eso la exportación masiva de personas que escapan no en busca del sueño americano sino lejos de la pesadilla mexicana. Quienes vivimos en México sabemos que estamos tomados por el narcotráfico, la corrupción, la violencia, la inestabilidad social, los grandes monopolios, la contaminación, la falta de garantías individuales y demás conflictos que el gobierno que se fue prometió arreglar y, al parecer, sólo se sentó a ver cómo empeoraban. Lo bueno, dirán algunos, es que el terror para las y los mexicanos no llegó a la presidencia. Pero, ¿cuándo se fue de ella?

Chávez, otra vez.

Al igual que en México, los visores internacionales dieron por buena la jornada electoral que se vivió en Venezuela el pasado fin de semana. Pocos fueron los que, en la oposición, alegaron un fraude. El mismo candidato opositor, Manuel Rosales, reconoció su derrota poco después de que el Consejo Nacional Electoral venezolano anunciara que Hugo Chávez se reelegía con el 63 por ciento de los votos a su favor. Así las cosas, mal parados quedan varios gobiernos del hemisferios—entre los que se cuentan México y Estados Unidos—. El primero porque precisamente durante las campañas electorales aztecas, el grupo de apoyo calderonista relacionó la imagen de Chávez con la del candidato opositor, y a la postre perdedor de las elecciones, Andrés Manuel López Obrador, propaganda que además alegaba que esos vínculos no le dejarían nada bueno al país. Chávez salió al quite en su momento, con uno de sus clásicos discursos en cadena nacional. Estados Unidos, por su parte, cuenta a Venezuela, junto con Bolivia, Irán y Cuba, dentro del denominado “eje del mal”, como si invadir países sin justificación verídica fuera lo más bueno del mundo. Chávez aprovecha siempre esto para lanzar ataques de vuelta a Estados Unidos, hecho que se prolongará por los próximos seis años, aunque el presidente Venezolano ya busca reformar la constitución para permitir las reelecciones indefinidas. Hay quienes desde la derecha señalan una postura dictatorial de Chávez, cuestionando en todo momento a un gobierno que tachan de populista y nacionalista, eso mismo que la “competitividad” mundial busca evitar. También se habla del caudillismo latinoamericano, refiriéndose a la horda de militares que, previa aprobación de Estados Unidos, tomaban el poder de los países con agendas “poco amistosas” para Washington. O sea que se quejan de que otros hagan lo que ellos suelen hacer. Pero lejos de todo esto, la jornada electoral venezolana no es sino otro ejemplo de un mal que cabalga ya por varios escenarios: la división social. Hay quienes ante la mención de las “causas populares” se llenan de ronchas y les da por vomitar. Hay otros que al pensar en los que tienen más y quieren más, hacen ignición y perpetúan divisiones que de nada favorecen a estados en plena formación. Y son estas divisiones las que necesitan los tiranos, los demagogos o los extremistas de cualquier estirpe para ganar una elección.

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28 November 2006

Nos robaron el cambio...

Un lunes de hace seis años amanecimos con el “cambio” en todos lados. Las ideas imperantes de aquel tiempo nos decían que había un México mejor y que el futuro era promisorio. Justo ese lunes, mientras mi hermano y yo escuchábamos a expertos en rock opinar sobre la bonanza del futuro que ya nos había llegado, también comentábamos de lo malo que este gobierno del cambio podría ser. Todo esto, claro, desde la percepción de quienes vivieron en un municipio gobernado por el PAN: Naucalpan. Nos aquejaba una represión policial que nos tachaba de adictos por traer pantalones de un color o de cierto corte, pelo largo y no ir a misa. Bueno, esto último ya es un poco exagerado, pero si lo piensan no es tan deschavetado. Además se construían pasos a desnivel que nunca resolvieron los problemas de tráfico y se olvidaba pavimentar calles en colonias populares. A mi hermano se le ocurrió hablar a la estación de radio y a la llamada que hizo se le ocurrió entrar al aire. “Si entró, güey. Está sonando”, me dijo mientras los locutores decían que iban a tomar llamadas para medir el pulso de los escuchas. “Esos del PAN son unos fascistas. Mi hermano y yo decimos que nos va a ir mal con este presidente panista”, dijo mi hermano a unos conductores que no daban crédito que alguien no estuviera contento de que hubiera ganado otro que no fuera el PRI. A la casa no se le pone el techo antes de cimentarla. Se podría decir que alguien pensó en Fox como un buen candidato. No sé a quién se le pudo ocurrir tal estupidez, pero los números demuestran que así fueron las cosas. El terror para México encontró en la administración que se va sólo una extensión. No hubo cambio de formas ni de métodos. Seguimos exportando mano de obra, campesinos que siguen a los trenes cargados, cargados de cosechas que empresas transnacionales que explotan el campo nacional, dejan sin trabajo a miles de campesinos que no pueden competir con la infraestructura de los consorcios y exportan como pago de una deuda siempre eterna. El terror para México se acrecentó. El narco mató a poco más de dos mil personas—más las que se acumulen de aquí al viernes—y la ciudadanía nada más esquiva los plomazos ya casi por oficio. Chiapas no se resolvió en 15 minutos, y los conflictos sociales se acrecentaron de manera tan extrema que los más radicales ya huelen una nueva revolución. Los excesos de poder se hicieron visibles en Atenco I y Atenco II, en Oaxaca, en Michoacán, Puebla y hasta en Guanajuato. Este gobierno que “trabaja por nosotros” legalizó los casinos (con la falta que nos hacían) y regaló el espectro de transmisión a los capitales monopólicos del país. Falta mucho por hacer. El problema será que cuando salga esta presidencia en 2012, faltará aún mucho más.

Ahora sólo quiero informarles que ya se encuentra disponible la versión más reciente de “El Cuerpo de Julián”, relato cómico-mágico que aborda las problemáticas de bla bla bla.... Sólo denle clic al vínculo para ir a ese lejano lugar. Y recuerden, recomiéndenme con sus amigos.

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21 November 2006

Cero comentarios

“Working for the devil
You'll have to pay his tax
That means going to see him
Down among the racks
You do his work so fine
He'll remember you”
Midnight Log, The Clash

Poco duró el gusto. El regreso de la izquierda a Nicaragua se dio como pura charada y lo que queda del Sandinismo parece haber olvidado de quién lo apoyó y de quién le dio la espalda. Podríamos decir que a Managua nomás llegó lo que quedaba de la izquierda que tumbó a Somoza. Ahora resulta que la derecha mexicana y la república “libre” de Panamá—¿qué país no se dice soberano después de ser intervenida en más de una ocasión por Estados Unidos?—abogan por el gobierno de Daniel Ortega ante los gringos. Claro que es fácil hablar desde la tribuna. Uno debe entender que el mundo es como es y no como uno lo pinta. Pero, ¿quién se preocupa por los niños? Algo similar podría estarse gestando en Oaxaca. Mientras nos fijamos en quiénes se están peleando el poder, dejamos de lado la división social que en realidad existe en Oaxaca. Están los que movidos por todo el aparato ya establecido, abogan y hasta defienden la permanencia del gobernador Ulises Ruiz, entre los que podríamos contar a grandes ratas del pasado (que más bien se robaron el futuro de muchos) y los priístas por religión. Aquí se podrían incluir también aquellos que rechazan a los opositores del gobernador incómodo, nombre que le asignó ya la corriente principal de pensamiento mediático. No se tacha a estos ciudadanos de ratas o de pendejos. Su desdén exuda a la mera mención de la palabra “Popular” que ostenta la APPO. Hay quienes dicen que se trata solamente de un problema de cacofonía, pero el meollo radica en la fuerte alergia que le tienen los pudientes al pueblo. Ejemplos de esto los vivimos a diario y hasta votamos por ellos. Esa es nuestra continuidad. El arraigado odio que tenemos por quienes están debajo de nosotros. No sólo hay que pisarlos sino que también debemos escupirles, orinarlos, cagarlos y todavía decirles que es culpa de ellos, sólo de ellos, que no se puedan subir al arca que va a salvar sólo a las especies elegidas por la mente del Noé-social-darvinista. Habría también que cuestionar qué tan popular es la APPO y el movimiento que ahora lideran ellos, luego de que los maestros, bueno, digamos la maestra, obtuvieron algo de lo que querían. No es sólo esta muestra de poder podrido lo que nos debe avergonzar, es también el evidenciar que nada de esto cambió en el 2000. Ya hay quienes olvidan todo lo que Vicente Fox nos vendió y nunca entregó como soluciones al país, para lanzarse a decir que con que haya sacado al PRI del poder es más que suficiente. La matemática nos dice que el revolucionario institucional [sic] rige aún al 54 por ciento de la población nacional, ocupando el gobierno en 17 estados del país. En Oaxaca particularmente lleva 79 años sentado en la... grande del estado [sic]. Aquí no hay cambio hasta que no metan a las ratas al bote. No hay cambio si no nos olvidamos de segregaciones estúpidas. No hay cambio si quienes enlodan los comicios aseguran que en México la democracia es cada vez más transparente—ellos la quieren ir purificando poco a poco. Aquí no hay cambio si nadie se preocupa por los niños.

10 November 2006

No contaban con nuestra astucia

Las noticias más recientes deben caer como cierto regalo de alegría: Ya quedan menos republicanos en el congreso de Estados Unidos. Se pudiera hasta decir que los astros globales se están conjugando para darle un buen manazo a los aires puritanos del hemisferio. Primero está el caso de Nicaragua. El regreso del Sandinismo después de 16 años de gobiernos neoliberales en aquel país, se materializó con la victoria en las urnas de Daniel Ortega, quien gobernara a los nicaragüenses de 1985 a 1990 luego del primer ejercicio democrático a la salida de la peste somocista en 1979. Si bien se tomaron cinco años más para debilitar a los “Contras” subvencionados por la mano de Ronald Reagan, el pueblo de Nicaragua le dio una avasalladora victoria a los Sandinistas. Al presidentito gabacho sólo le quedó ejercer la presión económica, además de desconocer y tachar de terrorista al gobierno nicaragüense (¿suena familiar?). Después vinieron los cachorros del imperio a tomar el poder con el apoyo de Bus padre (hijo de su madre). Hasta hace unos días el pueblo de Nicaragua se encuentra, como en muchos otros países latinoamericanos, hundido en la pobreza, única igualdad que distribuye la globalización y sus neoliberales. Ahora nos tocará ver qué hace Ortega con el país. Su industria, catalogada como cash produce, cosechas que se exportan para pagar deuda y cuotas de los organismos internacionales que brindan su ayuda desinteresada a los países “subdesarrollados”, debe tornarse en producción para el consumo de la gente. Aquí es donde las fuerzas del globo van a querer reventarlo todo.

Mientras el lunes ya fraguaba estos nuevos aires en Nicaragua, los estadounidenses ya comenzaban a ser bombardeados con los cortes informativos y actualizaciones del ambiente previo a las elecciones intermedias. Con una participación que apenas rozó el 40 por ciento a nivel nacional (el seis por ciento fueron hispanos), se plantean al menos dos preguntas: ¿Cómo pretenden que nos creamos que están repartiendo la democracia y la libertad [sic] por el mundo cuando ellos no participan de sus derechos? Y no es que se esté apoyando a la democracia como forma ideal de gobierno y epítome de toda libertad, pero pareciera que a los garantes de la democracia mundial les importa una pura y dos con sal elegir a sus gobernantes. Aquí también nos damos cuenta que para el ciudadano gringo es mas importante la lealtad a la Football Nation que el pais en el que vive. Ahora bien, ¿hasta dónde piensan llegar los demócratas en el desgreñe con los republicanos? Ya sabemos que perro no come perro; cabe recordar, sin embargo, que quienes ahora ostentan el liderazgo en las dos cámaras están ahí no por ser la mejor opción, sino porque son lo menos pior. Saldría sobrando preguntar por los acuerdos migratorios. Apenas el 9 de noviembre, el “presidente electo” de México dijo que cada país se va a hacer cargo de su lado de la frontera. Quién sabe qué quiso decir con eso. Pero si entendemos que la gente llena de miedo votó por él para tener continuidad, es muy probable que sigamos viendo insolados en el desierto y ahogados en el río y en cajas de camiones y trenes abandonadas por los coyotes.

En Oaxaca Ulises Ruiz no se va. En Oaxaca la APPO se queda. En Oaxaca la PFP está. Las comisiones legislativas dicen que en Oaxaca se puede regresar a la normalidad. En Oaxaca los maestros... En Oaxaca “la maestra” sigue metiendo el pie. En Oaxaca los analistas periodísticos hacen su festín. En Oaxaca nadie se acuerda de los oaxaqueños.

Aquí en la frontera ya comienzan a sonar las trompetas de los siete jinetes del progreso. Ahora se rumora que duenos de bares del centro comenzaron a recibir notificaciones de que les van a cerrar sus lugares porque es hora de modernizar el área. Uno pudiera pensar que van a poner escuelas y centros de enseñanza y esparcimiento ciudadano. Algo así como un McDonald’s, un Starbucks y una que otra franquicia. Ya ni la chingan.

03 October 2006

El Primo del Llanero Solitario

El Primo del Llanero Solitario

El día comenzó ayer antes de que saliera el sol. En la mano tengo un café para inyectarme algo de vida por unas horas y aguantar las clases de en la mañana. No sé por qué puta madre no puedo dormir. Me encabrona ese pedo. Y para chingarla ya voy tarde y el pendejo de adelante está dejando pasar a todo pinche mundo. “¡Ándale, cabrón, que ya voy bien pinche tarde y estos culeros se la pican un chingo revisando, cabrón! ¡No mames!” También toco el claxon del carro. Pienso que fue una gran pendejada traerme el puto carro. Se me hace que ya no llegué. Ya son cuarto para las nueve y todavía no voy ni a la mitad del pinche puente. “¿Adónde chingados vamos todos a esta puta hora? ¡Ya para de mamar y muévete, cabrón!” Chingado. ¿Para qué lo dejé pasar?

El martes tampoco llegué por lo del puto examen antidoping. Hijos de la chingada. Me hicieron ir a mear. Llegas a recursos humanos... ¡Puta madre, recursos humanos, güey! Para estos cabrones nomás eres como una pinche piedra, pura materia prima siempre pendiente al mando del capital. No, no, no, no. Si he sido más pendejo hasta me tomo los meados que me sobraron el día que fui a lo del antidoping.

Cuando llegas, los cabrones te pasan en grupito. Te apuntas y la chingada; al ratillo sale una gordita de una puerta con unos folders en la mano y comienza a llamar nombres y forma un grupito de los que se van acercando. La gordita cuenta a su congregación y nos pide que la sigamos. Tú esperas acá, pues, un privadito al que te pasen y te den acá tu botecito, ¿no? Pero nel. Te llevan hasta una puerta gris. Tienen como tres sillitas pero cuando quieres sentarte ya todas están ocupadas. Ya nomás te quedas ahí, paradito, viendo las paredes color hueso y dándote un pazón de cloro y escuchando alguna plática que sale de algún cuarto que tú no ves por más que haces por girar en todas direcciones y encontrar a esa mujer que dice algo sobre “a test... to clean it...and I was like...” y luego la risa sola de una mujer que estás casi seguro está hablando por teléfono porque no se oye la voz de a quien ella le contesta.

La gordita reaparece metiendo las manos en unos guantes de latex y saca unos vasitos de plástico del tamaño de los vasitos que usan para servir el vino en las recepciones de arte o eventos del consulado. Con la cara quieta llama tu nombre y luego, sin esperarse a que digas algo, te da un frasquito y casi te regaña cuando te pide “que sigas las instrucciones” y pongas tus cosas en una de las cajas de seguridad “que se encuentran a” tu izquierda; que te laves las manos y que le llenes el envase y que no abras la llave del agua ni le jales al baño y que “you only have three minutes”. Tú nomás te le quedas viendo y le preguntas que si tienes que mear enfrente de todos o que si te puedes ir a un rincón porque no los quieres salpicar. Pero la pinche gordita no le ve la gracia a lo que dices y nomás te abre la puerta a un cuarto gris oscuro que tiene una taza y un lavamanos. Sales antes de los tres minutos con el frasco lleno hasta el tope y las manos sin lavar. La gordita se sorprende de tus capacidades de micción y te pide que te laves las manos para que le firmes la muestra que voluntariamente das para que te empleen.

“American Citizen, sir”. Ya déjame pasar, hijo de la chingada. Ya son más de las nueve y tú con tus pendejadas de seguridad. Mírate nomás con esa cara de pendejo que te cargas y ya andas creyendo vas a cazar terroristas aquí en la frontera. Si, güey, muy pinches seguros han de estar estos cabrones si tienen a pendejos como tú aquí. “Yes, have a good day, aha”. Cómo se tardó este hijo de la chingada nomás para preguntarme las pendejadas de siempre. Y nomás por eso ya no llegué a la clase. Pinche café, está de la chingada. Lo peor es que luego ni me hace y nomás me la paso meando. Ahorita voy a aterrizar en la biblioteca. Ahí me rolo un rato y ya me despierto para mi clase de 12. “¡Ándele, señora, va a pasar o qué pedo?” ¿Qué tanto chingaos piensa esta ruca que no se apura? “¡Arre pues, señora!” Me dijeron que en la biblioteca estaban contratando. El pedo es que a lo mejor no se arma el jale porque tengo un horario bien quebrado. Pinches semáforos, todos me tocan en rojo, los culeros. “No, m’am, I’m just here to pick some stuff at the library and to talk to Dr. Zhivago in the Chicano Studies office. You can call him up. Oh, thank you. Have a good day”.

19 September 2006

Solares Baldíos

Mi mamá dice que estábamos dormidos. Pero aún ahora que ese instante se distancia, Edgar y yo recordamos esa mañana: reíamos y brincábamos sobre la cama de mis padres al amanecer del jueves. Sobre nosotros, el foco que da luz al cuarto de noche se mueve de un lado a otro. Y Edgar y yo comenzamos a gritar “¡Mamá, papá, lo estamos moviendo, lo estamos moviendo!” Brinco mientras giro en círculos descompuestos en una ruta que mi hermano sigue y pierde en el juego que comparte conmigo. Tres, cuatro y una vuelta más en ese tiempo enterrado en los años. Y busco a mi mamá en mi risa sólo para encontrarla en los brazos de papá mientras el horror los congela bajo el marco de la puerta. Nos miraban con la boca abierta. Nosotros nomás riendo regalados del vaivén del foco que impulsaban nuestros saltos. Creo que fue mamá la que al final pudo llenar de voz su espanto y chilló “¡Está temblando, hijos!” Pero Edgar y yo sólo nos ocupábamos de brincar y reír hasta que mamá y papá corrieron a abrazarnos y nos llevaron con ellos.

No sé si esa noche o la siguiente fuimos a casa de la Tía Lucha que vivía en Xola. Según me acuerdo, Avenida de Tlalpan estaba cerrada y dimos muchas vueltas para llegar con la Tía. Allá con ella nomás fue el susto y algunas macetas y ventanas reventadas. Aunque no lejos de ahí la muerte anduvo llevándose viejos y también muchachada zurcida a los escombros del sismo. Al final dicen que fueron diez mil o más que se fueron sin querer. Pero con la Tía Lucha nomás se reventaron las ventanas y una que otra maceta. Creo que también se cayó un candil. La luz se fue un buen rato. Y todos ahí estaban muy asustados.

Camino de regreso. Nuestra casa en Naucalpan se acerca a bordo del Mustang rojo 81, mejor conocido entre nosotros como “La Chatarra”. Paramos frente a una casa verde con marcos y remates blancos. Mamá guardó silencio y Edgar y yo la mirábamos primero extrañados y luego inquietos porque dejaba de cantar con nosotros. A algunas casas se les cayeron los cristales que se encajaban en la calle detrás de la huída de la gente que lloraba y aullaba llena de espanto. Al cabo de un rato reiniciamos el paso en aquel laberinto de solares baldíos alrededor de la destrucción y los muertos. Yo sólo pensaba que eso era demasiada alteración.

Esas son mis únicas imágenes del temblor del 85 en Ciudad de México. Después mi memoria da un salto hasta el mundial del 86, cuando Paraguay estaba jugando contra no sé quién y quedaron quién sabe cuanto a cuanto. Aquella mañana la vivo más por los refris y televisores que se vinieron abajo con todo y edificios y personas que los ocupaban. El 19 de septiembre se me hace más presente por lo que cuentan las personas y por lo que se discute y muestra en los medios cada que se acerca el aniversario. Claro que crecer en el Defe hace que uno se acuerde de eso más seguido. “Que tembló en la mañana”, y “Que dónde te agarró el temblor” y “Que cómo están en tú casa...” Y “Que en la mía bien, gracias” y “Qué si supiste lo de las costureras...” También se habla de los niños del temblor, chavitos que sobrevivieron días enteros bajo las piedras de lo que fue el viejo Hospital Juárez. Creo que casi nadie habla de los perros europeos que trajeron para que encontraran personas y cuerpos y que acabaron desaparecidos

Otros recuerditos que nos trajo el temblor son los rituales creados para “prevenir la catástrofe”. En mis tiempos de primaria y secundaria se acostumbraban los simulacros sísmicos dos o tres veces antes de las vacaciones de navidad y otras dos o tres antes de que se acabara el año escolar, en contraste a los simulacros educativos que eran cosa de todos los días. En esos “ejercicios de prevención” se hacía de todo menos evacuar los edificios con rapidez. Alguna amiga mía quedó embarazada después de un simulacro; cosa curiosa, porque después su embarazo quedó en mero simulacro gracias a un doctor que guardó toda reserva en cuanto al caso por unos cuantos miles de pesos y por eso de lo que después se pudiera pensar. Otros se brincaban la barda para irse de pinta a Chapultepec o alguno de los malls en las zonas burguesas de la ciudad. Y algunos cuantos más bajaban solamente a comprar tortas a la cooperativa y sentarse en las bancas a platicar y fumar marihuana camuflageados en los arbustos. El asunto era matar clase de acuerdo con las necesidades de cada uno, y poco importaba la seguridad. A veces creo que todo era así porque la alarma que sonaba para el simulacro era la misma que la que tocaban para el recreo, o al menos así era en las escuelas en las que estuve. Pero no es cierto. La cosa siguió igual aún cuando se “institucionalizó” la ALERTA SÍSMICA. Pero no, creo que todo empeoró cuando la instalaron. Y eso que en todos lados hacían un gran borlote por lo que “esta gran herramienta” representaba. Los anuncios salían en todos lados y creo que hasta cierta porción de la gente quería que volviera a temblar en “las costas de Guerrero o Oaxaca” para que sonaran los tonos hipnóticos de la ALERTA SÍSMICA.

En clase de inglés o de historia, o a lo mejor era de español, me sentaba justo en la primera fila, tercera columna, treceavo o vigésimo quinto asiento según el orden alfabético de cada maestro, pero siempre estaba en mero enfrente. Creía que era un mareo al principio. Mi cuaderno comenzó a moverse. Volteé al pizarrón y vi que toda la pared se ondulaba como rufles de cemento y de volada volteé a la ventana nomás para ver cómo la bolsa de valores se hacía como servilleta enfrente de un ventilador. Mi ágil capacidad deductiva me dijo que eso distaba mucho de ser un mareo ordinario. Me paré de mi asiento y salí corriendo del salón gritando “¡Está temblando!” En el pasillo me topé con otros que compartían mi capacidad sensorial y todos corrimos a las escaleras que nos jugaban la pesada broma de brincar cada que queríamos pisarlas, mientras la dichosa alerta sísmica guardaba su timbre para mejor ocasión. Los demás pronto nos siguieron. Dos pisos después, el patio se empezó a poblar con todos nosotros.